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Nuestras Historias

Guillermo Arriaga: el cazador que escribe

Siempre tuvo la mira en la literatura, pero primero tocó el cielo 
como guionista. A 20 años de 'Amores perros', con 'Salvar el fuego' 
clavó los dientes en la presa más anhelada: el Premio Alfaguara.
jue 10 septiembre 2020 04:00 PM
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Guillermo Arriaga no se tarda ni un segundo en responder cuando se le pregunta cuál es su obsesión. Pero no dice el cine, aunque ya estuvo nominado al Óscar dos veces, por Amores perros (2000, película extranjera) y Babel (2005, mejor guión), y ganó en el Festival de Cannes por Los tres entierros de Melquiades Estrada (2005, guión) y el León de Oro del Festival de Venecia por Desde allá (2015, mejor película), drama que coprodujo y coescribió con el director Lorenzo Vigas. Tampoco dice la literatura, pese a que con El salvaje (2016) obtuvo el Premio Mazatlán de Literatura, y Salvar el fuego (2020) le valió este año el Premio Alfaguara, que han obtenido escritores como Xavier Velasco, Elena Poniatowska, Santiago Roncagliolo, José Ovejero y Ray Loriga.

No dice cine o literatura, porque su obsesión primaria está muy alejada del teclado y las cámaras. Está en la naturaleza, en el acto de empuñar —con esas manos con las que escribe— el arco y la flecha. “Cazar es lo único que me permite conectar con quien soy”, dice Guillermo, quien también dirigió la película The Burning Plain (2008), en entrevista con Life and Style. “Si te sientas a ver animales, como lo hago durante horas en el monte, empezarías a darte cuenta de lo mucho que tenemos los humanos de ellos: desde el bullying, el acoso, la violencia, la territorialidad… todo está ahí”.

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Todo eso que está ahí, lo que ha absorbido en el monte y en el barrio, se traduce en su sello como creador: tramas no lineales en las que sus personajes, en situaciones límite, actúan desde el instinto, lo salvaje. Fiel a sus obsesiones, Salvar el fuego inicia con la que puede ser la escena de una cacería: hombres con pistola en mano persiguiendo a una joven que corre por su vida.

Sin embargo, esta historia —en la que un disparo sirve otra vez de catalizador— es también una continuación del elemento que ha explorado en su literatura y cinematografía: el amor. “Cuando se fracturan las relaciones amorosas en una sociedad, el caos comienza a ganar terreno”, dice el escritor de 62 años. Ese caos, esa violencia, es el telón de fondo de la relación entre la bailarina Marina y el preso José Cuauhtémoc, quienes conectan sin importar sus vidas disímiles de estratos sociales opuestos.

En esta entrevista de casi dos horas y media, Guillermo reflexionó sobre su nueva novela —que es de las más vendidas en Latinoamérica—, el reconocimiento literario, sus pulsiones, el desencuentro con Alejandro González Iñárritu, su ex mancuerna creativa en el cine, y sobre su trayectoria y futuro como creador, que está atado a sus hijos Mariana y Santiago, cineastas que se encargarán de dirigir A cielo abierto, guión que escribió antes de Amores perros y que considera la génesis de la saga que realizó con “El Negro”, conformada también por 21 gramos (2003) y Babel (2006). Esta película, dice, será su forma de poner el punto final a la tetralogía, pero también de seguir avanzando como escritor por el simple placer de darle salida a las historias que lo desbordan: “Si no las escribo, se quedan en mi garganta, se oxidan y me matan. Yo igual las contaría si me publicaran o no. Es que me divierte mucho hacerlo”, dice sonriendo.

Creo que se vive tan bien en la Unidad Modelo, la colonia de la Ciudad de México en donde crecí, como se vive bien en Venecia. Las experiencias de mi barrio pueden ser tan enriquecedoras como las de Europa, o quizá hasta más.

El barrio y el monte

Salvar el fuego empieza con un manifiesto sobre la libertad y el miedo. ¿Qué te mueve como escritor?

La libertad, si fuera el miedo no escribiría una palabra. Yo no solo he apostado por la libertad, voy más allá: a mí me gusta el riesgo. Siempre he querido que a mi obra la caracterice el riesgo. Si fracaso, tiene que ser a lo grande, no me da miedo. Siempre fui así, desde chavo. Prefiero ser conocido por mis grandes fracasos que por mis mediocres éxitos.

La novela contrasta clases sociales. Tú creciste en un barrio de clase media, pero te mueves por Cannes y Hollywood. ¿Cómo es recorrer diferentes estratos?

Soy hijo de la clase media, pero creo que se vive tan bien en la Unidad Modelo, la colonia de la Ciudad de México en donde crecí, como se vive bien en Venecia. Las experiencias de mi barrio pueden ser tan enriquecedoras como las de Europa, o quizá hasta más. Además, mis padres me educaron al máximo nivel. Con ellos, como dicen los gringos, no small talk. A su lado se discutía sobre filosofía, música, cine, historia. Todos los sábados hacíamos una actividad cultural, y los domingos, una de naturaleza. Al lugar que fuéramos, así fuera Acapulco, mi papá nos llevaba siempre al museo.

Ya que empleaste un término anglo, ¿te sientes un self-made man?

No, porque tuve una familia que me apoyó mucho. Cuando le dije a mis padres que quería ser escritor, me dijeron que fuera lo que quisiera: “Muy bien, hijo, estamos muy orgullosos de ti”. Mi padre me dijo que no me preocupara, porque iba a vivir de lo que a mí me gustaba.

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¿Cómo te afectó la muerte de tu padre?

Aún no termino de procesarla. Lo que sí es que perdí a uno de mis lectores más agudos y precisos, que me daba las mejores retroalimentaciones. Siempre leía mis textos de principio a fin. Me hace mucha falta en ese sentido. Él nunca dejó de educarme.

¿Y qué hay de la educación y la disciplina física?

Esa la desarrollé yo. Como todo mundo me madreaba en la colonia por mi altura y lo güero, me tuve que poner mamado y ser el más madreador de todos, porque sino me iba muy mal.

Siempre he creído que la organización es mucho más importante que lo que hagan los gobiernos. Los vacíos de poder siempre se llenan y qué mejor que seamos los ciudadanos.

¿Esas experiencias físicas extremas se traducen en tu literatura?

Claro, se van a mi forma de escribir. Pelear hace que empieces a leer señales. Te das cuenta por dónde viene la amenaza, cómo defenderte. Empiezas a tener más picardía. Yo me iba a la escuela en camión desde los 10 años y me guardaba un cuchillo en la manga, para poder sacarlo rápido, porque llegaban a madrearme por ser un niñote, pero con un cuchillo emparejaba la cosa. El barrio fue la mejor experiencia que pude haber tenido, y también el monte. Son lugares en los que aprendí y me permitieron escribir tanto El salvaje como Salvar el fuego.

Mucho de lo que pasa en Salvar el fuego es si no biográfico, bastante autorreferencial.

Es que tiene que estar empapada por lo que pasa en tu vida personal y la vida social, por lo que pasa a tu alrededor. Si llueve en el mundo, llueve en mi novela, si a mí me duele la rodilla, a uno de mis personajes también. No es que me afecte la realidad, me influye.

¿Cuáles serán los efectos de la pandemia de Covid-19?

La violencia se va a agudizar. Lo que me preocupa es que no se puede estirar tanto el pacto social y estoy cansado de esperar que el gobierno nos resuelva la vida. Soy anarquista, entonces que chinguen a su madre porque los políticos no me representan gran cosa. Siempre he creído que la organización es mucho más importante que lo que hagan los gobiernos. Los vacíos de poder siempre se llenan y qué mejor que seamos los ciudadanos, los buenos.

La disciplina y la perrez

Los escritores son sus obsesiones, ¿cuál es la tuya?

La cacería. Empecé por una pulsión desconocida y aún es la razón por la que cazo. La sentí a los tres años. A esa edad ya sabía que lo que me gustaba eran las mujeres y la caza. Iba en el kínder y estaba feliz de que hubiera niñas a mi alrededor; por ellas me hice escritor, porque yo era muy tímido y escribiendo me di cuenta de que organizaba mejor lo que quería decir. A los tres, también estudiaba a los animales y les tenía un amor profundo. Sé que como cazo, a mucha gente le parecerá una contradicción.

Para poder hacerla en el deporte o en la vida, necesitas gran disciplina, y esa la aprendí ahí. Si quiero llegar al máximo nivel debo de tener disciplina y rigor.

¿Te resulta difícil en estos días justificar la cacería?

Es que no saben de qué se trata. Piensan en un tipo que mató con un rifle a un elefante, pero cuando les explico el proceso —yo solo cazo con arco—, dejo en claro que siento que pertenezco a la naturaleza gracias a ese ritual. Cazar no significa contemplar, sino ser parte activa de la naturaleza y saber de dónde viene mi comida. Yo sí sé lo que sufrió el animal al morir y por eso jamás desperdicio carne en un restaurante, porque era una vida valiosa; yo no dejo ni un camaroncito. Muchos piensan que la cacería es un deporte, pero no, es un rito. Es terrible matar a un animal como para considerarlo un deporte. Se siente muy cabrón. Pero cazar es lo único que me permite conectar con quien soy.

El basquetbol es otra de tus pasiones. ¿Qué te atrae de él más allá de lo deportivo?

Para poder hacerla en el deporte o en la vida, necesitas gran disciplina, y esa la aprendí ahí. Si quiero llegar al máximo nivel debo de tener disciplina y rigor. También jugué futbol en las reservas de Pumas, pero mi pasión no era como la de mi vecino, Alfredo Tena, que llegó a ser capitán de la Selección Nacional. En él veía la disciplina para estar en primera línea, pese a sus muchas limitaciones técnicas. Aprendí que esas limitaciones no importan tanto, lo fundamental es tu empuje. Esa perrez es lo que admiro de atletas como Michael Jordan o Rafael Nadal, y de escritores como Gabriel García Márquez, Octavio Paz y William Faulkner.

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¿Cuál ha sido tu momento de mayor perrez?

Cuando empecé a escribir y dije: “Voy a vivir de esto y no me importa si no me publican, porque voy a hacer el trabajo que tengo que hacer”. No me arrepiento de nada de lo que he hecho y de no trabajar por encargo ni de no seguir las modas.

Literatura y cine

Tengo la impresión de que escribes por hedonismo…

Sí, para mí escribir es lo que para algunos es irse a Six Flags. Es divertidísimo, también cuando hago cine. Hay directores que dicen que escribir el guión es muy tortuoso [se ríe con sarcasmo]. Tortuoso es levantarte a las cinco de la mañana para barrer, cabrón; estar en la ventanilla de un banco ocho horas contando dinero que jamás será tuyo; prostituirte para alimentar a tus hijos. Así que no me vengan con la mamada de que escribir cine es tortuoso.

¿El placer de escribir un guión o una novela es igual?

Sí, crear es adictivo. Nada garantiza que mi obra vaya a publicarse o filmarse, entonces más me vale disfrutar lo que estoy escribiendo, sino sería muy frustrante. La satisfacción viene de crear historias, de contarlas, sin importar el formato.

Los gurús del guionismo dicen que solo escribas si conoces el final de tu historia, pero tú no. ¿Por qué?

Si ya conoces el final, para qué la escribes. Qué aburrido. Escribir es una búsqueda. Uno de esos gurús me dijo que debía saber todo de mis personajes, hasta cuánto dinero traían en el bolsillo. ¿Eso para qué me sirve? Si hubiera una fórmula, los gurús ganarían Cannes y el Óscar todo el tiempo. Sin embargo, aunque reconozco su labor de maestros, no han escrito nada que haya valido la pena fuera de sus libros sobre cómo escribir guiones. Yo escribo la historia como la voy viendo, la pulo, pero nunca la cambio sustancialmente. La historia es la que es, la que va saliendo al botepronto. Tengo una ligera idea de qué va a tratar y sobre la marcha empiezo a inventar.

Cuando diriges ya tienes algo en qué basarte y un equipo que te apoya. Escribir es un acto solitario, entonces tener a personas que te ayuden es una maravilla.

¿Estás abierto a cambios en un guión en el set?

Es inamovible en su sustancia. Tengo una anécdota. En 21 gramos, un actor secundario quería cambiar sus líneas y Sean Penn le dijo: “Guillermo no está actuando, así que tú no estés escribiendo. Sigue el guión porque por alguna razón está escrito así”. Me tardé tres años en escribirlo, pensando que cada palabra tuviera un peso, para que llegue un actor y crea que en cinco minutos lo puede hacer mejor. No digo que no se pueda, pero en serio me tienen que explicar por qué. Con Benicio del Toro me pasó en Babel porque es un actor muy inteligente, y Charlize Theron es muy mañosa porque, cada que le pedía un cambio, me decía: “No, Guillermo, no puedo faltarle el respeto al gran escritor eres”.

¿Dirigir se disfruta igual que escribir?

Ahí es diferente. Lo más difícil es construir una historia de la nada. Cuando diriges ya tienes algo en qué basarte y un equipo que te apoya. Escribir es un acto solitario, entonces tener a personas que te ayuden es una maravilla.

Sobre Amores perros e Iñárritu

Recuerda el estreno de Amores perros en Cannes…

Yo veía que se salían personas de la sala por racimos. Detuve a una y le pregunté si no le había gustado la película y me dijo que sí, que se salía porque, como los demás, estaban compitiendo por comprarla lo antes posible. Esa película me demostró que se podía escribir y contar el cine de forma diferente.

¿Qué recuerdas de la icónica escena del choque?

Llevé a mis hijos, Mariana y Santiago, al rodaje de esa escena. Mi hija me tomó de la mano porque quería caminar, pero la filmación empezaba y yo no me quería ir. Pero ella insistió y, cuando nos alejamos, me preguntó por qué hacían cosas tan feas y le expliqué que no las hacían, que yo las había escrito. Me preguntó por qué y le dije que porque era lo que tenía en el corazón. “Pues qué corazón tan feo tienes, papá”, me dijo [risas].

Alejandro y yo habíamos tenido un acuerdo de caballeros de que iba a ser una película de los dos y que íbamos a ir juntos a recoger todos los premios, pero ese pacto se derrumbó cuando salió la película.

¿Con la trilogía de Amores perros reclamaste el puesto de importancia de los guionistas?

Sí, porque toda la historia es muy personal. Amores perros contenía el nombre de mi perro, de mi mujer, de mi familia y de mis amigos. ¿Por qué es la película del director? ¿Tú me dijiste qué escribir o qué? Parte del pleito [con Iñárritu] fue porque algunas revistas empezaron a decir que este señor era el director de mis escritos y eso lo enfureció. Yo no demerito la aportación del director, es fundamental, pero no es como que fui su empleado. Trabajamos juntos, pero yo le di la sustancia para que la manipulara.

¿Es agridulce recordar la noche del Óscar?

Muy agridulce, porque Alejandro y yo habíamos tenido un acuerdo de caballeros de que iba a ser una película de los dos y que íbamos a ir juntos a recoger todos los premios, pero ese pacto se derrumbó cuando salió la película. Sí me alegró que fuera nominada, aunque ese fue un momento muy agridulce.

Sé de buena fuente que en el Óscar no te dejaron pasar por la alfombra roja ni estar al frente con los demás nominados. ¿Fue esa noche en la que se derrumbó todo entre ustedes?

Se derrumbó desde antes. Permanecimos más tiempo juntos solo porque Alejandro me dijo: “Mira, Keith Richards y Mick Jagger no se hablan, no tenemos ni que hablarnos, solo trabajemos juntos”. Pero ya es una experiencia superada.

¿No existe posibilidad de diálogo con Iñárritu?

Jamás. Jamás.

¿Qué lección aprendiste después de eso?

Que soy más feliz ahora. Hace mucho que pasó, tengo 13 años de no hablar con este hombre y no me interesa. No he visto sus películas, no me interesa nada de lo que haga o de lo que diga… ya no quiero ahondar en el tema. Acabo de ganar el Premio Alfaguara y me tiene muy feliz.

A Cielo abierto, ¿es tu forma de poner el punto final?

Exacto, yo puse la primera letra y ahora también el punto final.

La verdad, no sé lo que estoy contando. Pienso que historias de amor. Me interesa tanto porque creo que es lo único que permite que seamos seres humanos y una sociedad sana.

El reconocimiento literario

¿El Premio Alfaguara significa más que tus premios en Cannes y Venecia?

No, ganar en esos festivales es tremendo. En México hubo cierta condescendencia: “El que viene del cine que quiere hacer novelas”. ¡No, yo ya era novelista! Lo que creo que hice fue hacer novelas para cine, no guiones.

¿Te sientes parte del círculo de escritores y cineastas?

Si de algo me precio es de que he hecho una carrera independiente. No pertenezco a ningún grupo. No le debo nada a nadie. No tuve padrinos que me recomendaron y no estuve rogándole a nadie. Todo lo he hecho yo.

¿Cuál es la gran historia que estás contando en tus novelas y películas?

La verdad, no sé lo que estoy contando. Pienso que historias de amor. Me interesa tanto porque creo que es lo único que permite que seamos seres humanos y una sociedad sana. Somos una especie que sin amor se muere, no somos como otros mamíferos que nacen y caminan y comen solos, sin ayuda de los padres. Y si esa relación con tus padres es jodida, todo se tuerce. El amor es fundamental en la construcción del ser humano. Tampoco estoy diciendo que me siente y diga: “Voy a escribir una historia de amor”. No, se van dando naturalmente. Ya decía Ernesto Sábato que las obsesiones te eligen a ti.

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