Leer ha sido siempre una constante en mi vida. Desde las tempranas lecturas infantiles que mis padres hacían llegar a mis manos en cumpleaños, navidades, días de Reyes o por el simple hecho de que en casa se procuraba el hábito de la lectura; hasta los primeros libros que escogí curiosa en la adolescencia y que devoré de manera compulsiva, no solo en mis ratos libres y en los recreos escolares, sino en los lugares menos esperados como las escapadas de las sobremesas en reuniones familiares, en las filas del cine (cuando no había boletos asignados) y del supermercado o en los trayectos carreteros de algún viaje o paseo.
Opinión | Abrevadero literario
En todos lados. Por largas horas o por breves momentos; pero siempre, desde entonces, estoy leyendo algo. Pueden ser una o varias lecturas a la vez. No necesito terminar un libro para iniciar otra lectura. Novelas, ensayos, Historia, reportajes, columnas, cuentos, fábulas, leyendas, cómics ... incluso recetarios o guías turísticas. Me da por leer de todo, “como en botica”.
Y es justo en esa variedad, que he descubierto las lecturas que más disfruto: las historias de otros y sus otros tiempos y mundos. Historias de ficción o Historia con mayúscula. A la que muchas veces le quito esta última, para comprende mejor la historia personal que cada uno hilvanamos en el gran lienzo que es la Historia. De ahí mi pasión por las biografías tejidas en el devenir de México y el principal motivo por el cual escribí “Hijas de la Hijas de la Historia. Las mujeres que construyeron a México, 1 y 2 (Editorial Planeta).
En tiempos recientes, la proliferación de compilaciones biográficas, casi catálogos, puso en la mira a un sin número de mujeres de diversas esferas y mundos; y es por ello que la divulgación histórica también demanda escudriñar sus vidas, pasiones, penas, deseos, límites y hazañas con mayor detalle. Profundamente. Para develar su aportación y presencia a la colectividad y a la cotidianidad de lo que nos es propio. Develando sus historias, “sin mayúscula”, una por una, se remueven velos y capas patinadas de la historia de la que estamos hechos.
En el primer volumen de Hijas de la Historia, diez perfiles. Desde la mítica Malintzin, en los albores de la Conquista; se iluminan las vidas de Isabel Moctezuma; Catarina de San Juan, La China Poblana; Sor Juana Inés de la Cruz; María Ignacia “La Güera” Rodríguez; Fanny Erskine Inglis, Marquesa Calderón de la Barca; Concepción Lombardo de Miramón; Carmen Serdán; Antonieta Rivas Mercado; hasta la desafiante Dolores del Río, encarnando esta última, a las determinadas mujeres del siglo pasado.
Y, en este nuevo episodio, en Hijas de la Historia 2, publicado recientemente, otras ocho biografías de protagonistas de carne y hueso, que narran sus hazañas desde el periodo Clásico Maya del siglo VII con la Reina Roja de Palenque; descubriendo también entre esos siglos, a Luisa Xicoténcatl, Francisca Núñez de Carvajal, Leona Vicario, Margarita Maza, Carlota de Bélgica, Juan Catarina Romero; hasta la vertiginosa Ciudad de México, hasta la primera década del siglo XXI, con la extraordinaria pintora Leonora Carrington.
Todas ellas bordaron con el hilo conductor de nuestra historia, el tejido del que estamos hechos como nación. Ese relato, esa historia compartida entre mujeres y hombres que hemos tejido juntos desde entonces y, que aunque parezca necio señalarlo, es un camino que también hemos trazado certeras las mujeres. Va siendo hora que la deuda de la historiografía hacia la participación de las mujeres, sea paliada, aunque sea un poco.