Escribí antes de leer, a contracorriente. Esa maniobra contraintuitiva inicial definió mi relación con los libros y con el lenguaje en general. Tenía 16 años cuando comencé a escribir una novela y no había leído jamás ni los libros que la escuela me obligaba a leer. Y recuerdo que no era mala mi novela.
Opinión | Biografía bibliófila
Comencé escribiendo antes de leer, decía, y cuando le entré a la lectura empecé por donde la escuela no recomendaba: por Borges. Me salté a todos: El Principito, El Quijote, Quevedo, Mi planta de naranja lima, Rubén Darío y todos ellos. El primer libro que sentí en mis manos fue Artificios, una edición de algunos de los mejores cuentos de Borges.
Los leí y releí como otros cuentan que leían a Salgari, a Verne y a Stevenson; los leí en la intimidad, sin presión escolar ni dar explicaciones de lo que leía, en las noches. Los leí como hay que leer. Y los leí admirando cada solución que yo no lograba resolver; de escritor a escritor. Nunca leí una Historia de la Literatura y nunca dejé de escribir. Transcribí, corregí textos propios y de otros, traduje, parafraseé, copié y reescribí muchísimas veces.
Soñé que escribía y escribí sueños. Ensayé escribiendo ensayos, y sigo. Me gusta. Y gracias a que sigo escribiendo, sigo leyendo. Si no, no sabría cómo, ni sabría qué leer. No leí tantos libros en mi vida. Pero tampoco me importa. Pierdo mi tiempo releyendo algunos, habiendo tanto nuevo por leer, podrá pensar mi lector. Tampoco me importa. Releer es mejor que leer, cuando lo que se lee vale la pena.
Encuentras nuevas sutilezas, descubres nuevas soluciones narrativas y manejos complejos de la lengua. Lees sin la ansiedad de enterarte de nada. Te entregas, como si meditaras. Descansas. Casi no uso el Kindle, aunque intento. Nunca sé lo que tengo allí y no siento que tenga allí lo que tengo. Y ese frenesí de pasar página cada treinta segundos me incomoda.
Echo en falta la experiencia física de la biblioteca en el mundo digital. Salvo escasísimas excepciones, deploro las bibliotecas escolares. No me gustan porque espero mucho de ellas y cuando me decepcionan lo hacen en la proporción de mis expectativas. Creo que las bibliotecas de las escuelas tienen una enorme oportunidad, que pierden. Tendrían el deber de ser el santuario de la libertad y el estímulo. Libros repetidos, como si fueran librería, ya frustran al ávido buscador de fantasías.
Y con poco respeto por los libros que son libros, los mezclan con libros de texto, apoyos de la enseñanza y documentarios que nada tienen que ver con la mística de la lengua y la fantasía que una verdadera biblioteca representa. La escuela no entiende los libros volviéndolos obligatorios, poniendo juntos a Sófocles y La vida de las mariposas.
Escribiendo esta biografía bibliófila descubro cuánto el libro ha biselado mi vida. Y me gusta. Publiqué alguno que otro, discretamente. Traduje a Poe y a Chesterton. Quiero traducir a Machado de Assis. Escribo sin parar, todo tipo de cosas; mantengo mi mano caliente. Leo sin prisa, pero sin pausa. La época en que dejé de escribir casi morí.
No vivo de esto, aunque sí vivo de esto. Dictamos, con Alfonso Ochoa, talleres de escritura, que más deberían llamarse talleres de activación del lenguaje en su dimensión existencial y trascendente. Talleres cortos, de encuentros prácticos, para despertar a quien quiera ser despertado. Talleres de descubrimiento, también para nosotros, que no los preparamos, aunque vengamos incubándolos hace 40 años.
Acerca del autor: Pablo nació en Argentina y vivió en México, Brasil, España y Colombia. Se dedica a la educación en actividades de muy diversa índole. Es emprendedor, advisor, profesor y socio-consejero escolar. Tiene 6 hijos. Actualmente prepara la fundación de una ONG dedicada a la educación.