En la casa de mi infancia no había libros. Mi mamá los tiraba porque acumulaban polvo. Vi cómo se deshizo incluso de la tesis de licenciatura de mi papá. Hubo, eso sí, el esfuerzo de pagar tomo por tomo la Enciclopedia Británica, pero no existían los libros de aventuras ni el ritual de leer cuentos antes de dormir. Aún me pregunto de dónde vino –o cómo se formó– mi gusto por la lectura.
Opinión | Leer sin moralejas
Muchos escritores suelen contar su formación lectora como un refugio frente a un mundo en el que no encajan. Yo era una niña tímida, sin duda, aunque no lo suficiente como para esconderme detrás de los libros. Me gustaban las horas de recreo con mis amigas para jugar resorte, avioncito o espiro. Por las tardes, andaba de arriba abajo en bicicleta con mi pandilla por los jardines del multifamiliar donde crecí, en la Ciudad de México.
Tenía dos hermanos y un familión de primos con quienes hacíamos planes culturales –así los llamaban nuestros papás– los fines de semana: Xochimilco, el Desierto de los Leones, Chapultepec. Lo importante era estar afuera. Eso me bastaba. Solo conservo dos recuerdos persistentes, adheridos a mi memoria como chicles en un zapato, que supongo resultaron decisivos en mi hábito lector: el primero, cuando conocí la biblioteca de la escuela; el segundo, y más antiguo, la lectura de una fábula de Esopo con la que me identifiqué a profundidad.
El día que supe lo que era una biblioteca, nos sacaron del salón de clases; cursaba tal vez quinto o sexto de primaria. Entramos en fila a un cuarto rectangular, con libreros de piso a techo y una mesa alargada en el centro. Olía a lápiz recién afilado. La bibliotecaria explicó el sistema de préstamos, mostró las fichas de papel que debíamos llenar y nos entregó una credencial con un número y un espacio para escribir nuestro nombre y pegar después una foto. Insistió en la norma principal: el silencio.
Mi única referencia para un lugar así era la capilla o la iglesia; quizá por eso asocié la biblioteca con algo sagrado. Además, la posibilidad de llevarme un libro –el que yo quisiera– de la escuela a mi casa, usarlo por un tiempo y devolverlo, dejando mi nombre y una fecha registrada, me pareció un juego excepcional, a la vez detectivesco y comunitario. Imposible saber qué libros saqué y devolví, pero la historia de La tortuga habladora, la fábula de Esopo que leí de tarea años antes de conocer la biblioteca, jamás la olvidé.
Trata de una tortuga que entabla amistad con dos patos, quienes deciden ayudarla a abandonar el lago donde vive para trasladarse a otro más grande. Le proponen sostener un palo con el pico y que ella se cuelgue de él mordiéndolo. La única condición era no hablar durante el vuelo. Recuerdo la tensión que sentí al leer ese pasaje: ya había visto en las ilustraciones el lago de donde venían los patos y era evidente que se trataba de un lugar mejor. ¿Lo lograría? ¿Podría permanecer callada tanto tiempo? Fue mi primera inmersión lectora.
Continué con esperanza hasta que el desenlace se impuso. Al pasar sobre un pueblo, la gente se asombra al ver a una tortuga en el cielo; ella abre la boca para explicarse y cae. Busqué otra página, alguna continuación, pero no la había: ese era el final. Sentí una tristeza genuina. Conservo la imagen de la tortuga sola, en un lago peor que el primero. Pensé que algo similar podía pasarme a mí. Le pregunté a mi mamá por qué. Ella explicó la moraleja –hablar de más tiene consecuencias–, pero no me quedé tranquila. Había algo injusto, inmodificable, porque ya estaba escrito. La lectura me conmovió.
Hoy, con todo mi escepticismo hacia las moralejas, entiendo que mi hábito con la lectura se formó ahí: en la experiencia comunitaria de acceder a un lugar con aire de templo que guarda y presta libros, y en el descubrimiento de un artefacto hecho de historias y lenguaje, capaz de afectar la vida propia a través de la ajena. Ese efecto sutil y poderoso se convirtió en una especie de fármaco, adictivo para mí.
Por eso ahora vivo en una casa con libros que ya no se limitan a las fábulas, aunque acumulan polvo; sigo visitando bibliotecas –físicas y digitales– y leo por las noches antes de dormir.
Acerca de la autora: Brenda Legorreta es maestra en Letras Modernas (Inglesas) por la UNAM. Su trabajo se ha publicado en medios como Gatopardo, Travesías, Nat Geo Traveller, Cine Premiere y Revista con la A y, en 2016, publicó con Editorial Uranito la trilogía de cuentos infantiles titulada Ivo. Su primera novela, 1994: perder y fingir, fue publicada por Harper Collins México en 2021.