Quizás pensabas que la grasa visceral, conocida como “panza chelera” solo se trataba de una consecuencia inevitable de la edad y que, como dice su mismo nombre informal, es el resultado de las cervezas que te acompañan en reuniones y en momentos para liberarte del estrés a lo largo de los años. Sin embargo, detrás de esos kilitos de más en el abdomen se esconde en realidad un problema más serio.
¿Por qué la "panza chelera" no debe tomarse a la ligera? Un experto lo explica
Se trata de un tipo de grasa que se acumula alrededor de órganos vitales como el hígado, el páncreas y los intestinos. El Dr. Jesús Cabral, médico cirujano especialista en cirugía endoscópica y bariátrica, explica a Life and Style que no solo se trata de un problema estético, sino un riesgo para la salud masculina.
¿La grasa visceral / “panza chelera” es una señal de alerta médica?
Sí. A diferencia de la grasa que está debajo de la piel, esta tiene una actividad inflamatoria mucho más agresiva y está directamente relacionada con enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, hígado graso e incluso algunos tipos de cáncer.
Aunque es claro que el consumo frecuente de alcohol contribuye a la aparición de esta grasita, no es el único responsable, también lo son el exceso de calorías, bebidas azucaradas, estrés, mala calidad de sueño y sedentarismo.
¿Es un problema de metabolismo o de hábitos?
Es una combinación de ambos factores. Existe predisposición genética y hormonal, pero los hábitos tienen un enorme impacto. La alimentación ultraprocesada, el sedentarismo, el alcohol frecuente y el sueño insuficiente favorecen cambios hormonales y metabólicos que aceleran la acumulación de grasa visceral.
Actualmente, la obesidad se entiende como una enfermedad metabólica crónica y multifactorial, no simplemente como una “falta de voluntad”. Por ello, en pacientes con obesidad moderada o severa, la cirugía bariátrica no debe verse únicamente como una herramienta para adelgazar, sino como un tratamiento metabólico capaz de modificar mecanismos hormonales relacionados con el hambre, la saciedad y el control glucémico.
¿Qué hábitos empeoran este problema?
Los principales son el sedentarismo, estrés crónico, dormir menos de seis horas, consumo frecuente de alcohol, tabaquismo, así como exceso de azúcares y alimentos ultraprocesados.
De hecho, el estrés es particularmente importante porque eleva el cortisol, una hormona asociada con una mayor acumulación de grasa abdominal.
¿Cómo pueden detectar los hombres cuando esto ya es un problema?
Hay señales que no deben ignorarse: aumento progresivo del abdomen, cansancio constante, dificultad para perder peso, hipertensión, triglicéridos elevados, ronquidos, apnea del sueño o hígado graso. De hecho, en la población latinoamericana, una cintura mayor de 90 centímetros ya puede indicar un mayor riesgo metabólico.
Por si no lo viste:
Sobre hábitos alimenticios… ¿qué sí y qué no?
Lo recomendable es priorizar proteínas magras, verduras, fibra, grasas saludables, buena hidratación y alimentos frescos mínimamente procesados.
Por otro lado, es conveniente limitar las bebidas azucaradas, el alcohol en exceso, la comida ultraprocesada, las harinas refinadas, las frituras y la comida rápida.
El mayor error que cometen los hombres respecto a su salud metabólica es…
Normalizar el crecimiento abdominal y pensar que es parte de la edad. Muchas personas posponen una revisión médica porque aún pueden realizar sus actividades cotidianas, pero la grasa visceral puede avanzar silenciosamente durante años antes de manifestarse como diabetes, hipertensión o incluso un infarto.
También es un error creer que los tratamientos para la obesidad son únicamente estéticos. Mejorar la salud metabólica puede transformar considerablemente la calidad y expectativa de vida.
Como ya te explicábamos, la grasa visceral o “panza chelera” no solo se trata de estética, sino de salud. Más que preocuparte por la apariencia física, presta atención a las señales que envía tu cuerpo y busca ayuda profesional para tratar los problemas metabólicos antes de que se conviertan en enfermedades muy difíciles de revertir.