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Opinión | El género de la amistad

Con la adultez, los amigos se van quedando en el camino y casi nadie lo cuestiona. Alfredo Kramarz reflexiona sobre la amistad masculina y por qué reencontrarse es una forma de ganarle terreno a la soledad.
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Ilustración: Rodolfo Tamés

Cuando ser amigos era un paisaje de la infancia, rara vez pensábamos en la dificultad de crear o mantener ese tipo de vínculos. Tampoco sucedía que un amigo nos llamara y no supiéramos de qué hablar, ni jamás experimentamos la mínima preocupación por los límites de la amistad masculina. En la transición a la edad adulta, aprendemos a explicar la disminución progresiva de amigos apelando a razones laborales, familiares o geográficas. La llegada inevitable de la madurez da naturalidad a esa reducción drástica de espacios de intimidad y confidencia mientras normaliza un progresivo aislamiento emocional.

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La amistad es el producto de una profusión de azares y una vía adecuada para preservar los escasos reductos de sinceridad de los que disponemos. Gracias al diálogo con los amigos reconocemos defectos, vulnerabilidades y mostramos el compromiso con el otro tanto en el éxito como en la adversidad.

Dicha dispersión de lo que era seguro provoca una fractura emocional que es difícil de reparar y de gestionar sin honestidad. Libros como Who Needs Friends. An Unscientific Examination of Male Friendship Across America, de Andrew McCarthy, han puesto el foco en esa falta de conexión y en las vías para su potencial recuperación, tratando algo de lo que no solemos hablar.

El eclipse de la amistad contrasta con el uso de la tecnología. Es cierto que lo digital tiene la ventaja del acompañamiento, pero también comporta el riesgo de que la expresión de emociones como la compasión sea percibida como simulación. La pantalla a veces desemboca en actitudes narcisistas o en la banalización del hecho mismo de ser amigos.

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En la tradición filosófica occidental la amistad era comprendida como una disposición moral y apreciada por dar solidez a la idea de comunidad política. Penetrar en los secretos de la amistad, buscar sus regularidades, obligaba a partir de su complejidad y de sus ambigüedades. La constancia de esa preocupación es una advertencia sobre las consecuencias de su declive y muestra el nivel de importancia que se esconde bajo su aparente simplicidad.

Reencontrarse con los viejos amigos es el mejor antídoto frente a la realidad cambiante de los afectos. Nada garantiza la preservación de los lazos fraternales que mantuvimos o que la imposibilidad de una repetición auténtica de lo vivido se transforme en angustia y decepción. Si bien entraña riesgos, la nobleza de esos momentos de atención y cuidado abraza nuestro espíritu. Verse abre la oportunidad de constatar una vieja lealtad inquebrantable y potencia un tipo de comunicación que, aunque resulte fallida, es muy distinta de la que se desarrolla en el ámbito de la familia.

Salir al extranjero hace que el veredicto sobre amistades que quisieras salvar sea aún más claro y transparente. Si la vida te lleva a otras geografías redescubres los matices de las relaciones dejadas atrás. Decía Søren Kierkegaard que "si no se posee la categoría del recuerdo o la de la repetición, entonces toda la vida se disuelve en un estrépito vano y vacío".

La copia fiel de lo que fue no puede darse. Pero qué afortunados somos cuando regresan lo cómico y el llanto, cuando aceptamos disculpas por olvidos imperdonables, cuando enumeramos viejas o nuevas aventuras sentimentales mientras rememoramos el sonido de las aulas en las que estuvimos juntos, las vacaciones sin carriola, aquellos lugares míticos que dejaron de estar de moda, que ya cerraron, y que simplemente nos gustaban.

Con la memoria de las pequeñas cosas retorna el deseo de escuchar y ser oído por alguien que todavía te siente como amigo. Volver a estar con ellos es un modo de asestar una derrota parcial a la soledad.

Acerca del autor: Alfredo Kramarz es consultor en comunicación institucional, profesor y columnista. Doctorado por la Universidad Carlos III de Madrid, posee un máster en Estudios Avanzados en Derechos Humanos y otro en Relaciones Internacionales. Es coordinador de la maestría en Relaciones Internacionales en el Instituto Universitario Ortega y Gasset, con sede en la Ciudad de México, donde también imparte docencia en el máster en Comunicación.

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