Baltasar Gracián decía con acierto en El criticón que quien tiene amigos, “conoce y discurre con los entendimientos de todos”, mientras que el ayuno de amistad, “no tiene pies ni manos, manco vive, a ciegas camina y si cae, no tiene quien le ayude a levantarse”. Efectivamente, los amigos son extensiones naturales de nuestra alma que tenemos repartidas por el mundo. Por eso su muerte es una amputación traumática de una parte de nuestra intimidad. Algo de nosotros se convierte en nada y, sin embargo, sentimos su ausencia como los amputados sienten el brazo fantasma. Yo, que vivo en la edad fatal de las despedidas, he aprendido finalmente que, si nacimos para vivir, la amistad te confirma que has vivido.
Opinión | Un manojo de cebollas
No me enredaré en definir lo que es un amigo, porque los silogismos poco saben de amistad. Le pides a un silogismo que te diga qué es un amigo y te responde con una inferencia lógica. ¡Qué cosa más triste!
Sí diré que un amigo no es necesariamente el que está siempre a nuestro lado. Sócrates paseaba por Atenas en invierno rodeado de acompañantes y helado de frío. Un sabio se admiró en una ocasión de la multitud de sus seguidores y él le replicó: “Desengáñese, en invierno no hay mejor amigo que una capa”. Un amigo es aquel al que puedes telefonear para sentir el calor de la capa que mutuamente os cobija a ambos. En otra ocasión, Sócrates estaba construyendo una casa muy sencilla para albergar a su familia; tan sencilla que un día, un conocido le preguntó: “¿Por qué un hombre de tu fama se construye una casa tan pequeña?”. A lo que Sócrates respondió: “Por pequeña que sea, me sentiría afortunado de llenarla de verdaderos amigos”. Me gustan estas anécdotas, porque sitúan la amistad en el terreno de la realidad sin quedarse en esas vaporosas proclamas sobre su etéreo valor.
Los amigos no son solamente las partes de nuestra alma que tenemos repartida por el mundo. Son, sobre todo, nuestro sentido de la realidad. Por eso el filósofo escocés David Hume, tras dedicar horas y horas a reflexionar sobre la verosimilitud de sus percepciones sobre el mundo, corría a jugar una partida de backgammon con sus amigos y pasaba un rato feliz a su lado, hablando de todas esas cosas que son bagatelas para la filosofía y sustanciosas para el mundo de la vida. Cuando regresaba a sus meditaciones, no hallaba en ellas más que una frialdad forzada.
La amistad descubre en nosotros valores que hasta que la mirada del amigo los ha sacado a la luz permanecían latentes. Benjamin Taylor explicaba así la razón de su amistad con el también escritor Philip Roth: “Me hizo sentir que mi mejor yo era mi verdadero yo”, escribió. La amistad es, pues, una forma rigurosa del autoconocimiento. Conocerse en el amor mutuo es también una manera clarividente de llegar a conocerse a uno mismo.
Séneca Pérez fue un ácrata condenado a muerte por formar parte de los perdedores de la guerra civil española. Cuando iba a ser fusilado y todos los presos formaban ante él, una mano anónima, pero amiga, lanzó a sus pies un manojo de cebollas. Parece un sinsentido, pero si pensamos en el hambre que se pasaba en las cárceles y que Pérez era vegetariano, puede considerarse un grandioso gesto de amistad.
El escritor búlgaro Jordan Radichkov escribió que “La bida es una ermoza frase yena de faltas de hortografía”. Así son los amigos reales. Pero gracias a ellos, y a medida que envejecemos a su lado, vamos comprendiendo que hay alguna línea mejorable en el Quijote, pero que el Quijote ha sobrevivido a todos sus correctores.
Acerca del autor: Gregorio Luri (1955) reside en las orillas del Mediterráneo, cerca de Barcelona, lamentando no haber tenido suficiente inteligencia para capacitarse como farero. Ya jubilado, lee, escribe y alimenta al niño que aún sobrevive en su interior para que nunca se canse de otear el horizonte, reto natural de cualquier humano que se precie. A veces se pone tremendo, se sube sobre sus hombros y dice cosas como estas... Que quizás crea.