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Opinión | Por las mejores razones

Nicolás Alvarado dejó Life & Style hace diez años por un amigo. Ahora vuelve por otro, y de paso defiende la amistad como la forma superior del amor.
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Ilustración: Rodolfo Tamés

Hace una década, dejé de colaborar en esta revista por amistad. Me había sumado un lustro antes a Life & Style entusiasmado por el proyecto en que Grupo Expansión me ofrecía participar, una publicación que se proponía no solo ofrecer a los hombres de segmento alto un catálogo de juguetes deseables, sino acercarlos a su naturaleza y su proceso: cómo se hace un Porsche, un cinturón intrecciato, un traje bespoke, una colección de arte contemporáneo; qué es una mujer poderosa, un cambio de paradigma social, un estilo de vida sustentable; por qué éramos quienes éramos, por qué deseábamos lo que deseábamos.

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Acepté –corrijo: elegí– colaborar aquí porque quería conversar con esa idea de mundo. Coincidiendo, discrepando, alegando, me hice amigo de Marco Hernández, autor de esa visión editorial. Cuando se fue, me fui con él. No hubo lealtad automática sino congruencia. En el proyecto que sucedió al suyo no encontraba con quien dialogar. Me aburro donde no tengo amigos.

La amistad es uno de los valores torales de mi vida, concebido no (solo) como convivencia en la peda, intercambio de favores o solidaridad acrítica, sino como diálogo permanente, fértil y retador. Con mis cuates –son muchos, viejos y jóvenes, hombres y mujeres–, su práctica es placer esporádico, lo mismo en sobremesa que ante un micrófono, en junta de trabajo que en ese fardo cíclico conocido como reunión familiar. (Contados son los parientes con los que cultivo amistad). Con mis amigos –tengo muchísimos, menos de diez–, el alcance es otro. La conversación es cotidiana y nunca termina, transcurre con whiskys y con café, en las buenas y en las malas, por placer y por trabajo, en persona y por teléfono, por Whatsapp y por Instagram. Funciona como hoja de ruta para ir viendo, viviendo, digiriendo la vida. De entre ellos, una amiga lo es incluso más que todos los demás. Por eso me casé con ella.

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Hace casi 30 años me atrajeron de Eunice su cintura de vértigo y su boca de corazón, sus piernas enfundadas en medias de red y botas industriales, sus arcanos conocimientos de psicoanálisis lacaniano, su lengua dotada para besar pero también para avasallar. Todo eso sigue teniendo (salvo las botas industriales, que ya no se llevan), pero nada de ello constituye a estas alturas el quid de la relación, como tampoco el patrimonio, el sexo o la vida social (aun si todo ello cultivamos con moderación). Antes somos amigos –interlocutores, acicates, detonadores, cómplices–, que es la forma superior del amor. Acaso por ello nuestra relación ha resistido crisis familiares, económicas y políticas –qué-date con quien te mire así cuando el mundo te fune– y algún desencuentro amoroso. Si nunca renunciamos a ser cónyuges, si volvimos a ser amantes, es porque jamás dejamos de ser los mejores amigos

La vida me ha regalado amigos para hacer familia y para cuidar enfermos, para la política y para la champaña, para el teatro y para el drama, para discutir el mundo, para hacer revistas. Elegí a cada uno, a cada una, desde la admiración, lo que literalmente me trae de vuelta aquí. Después de años, un día cayó en mis manos por azar un ejemplar de esa Life & Style de la que me había apartado por amistad y recuperé un viejo amigo que ahora se preguntaba qué es ser hombre en un tiempo que ha trastocado toda noción de identidad.

Ver a Pedro Aguilar formular esa pregunta cada trimestre en el papel y cada día en línea es una provocación irresistible a divertirme, a debatir, a pensar.

Como hace 15 años, comparezco aquí por amistad.

Acerca del autor: A la caza de buena interlocución, Nicolás Alvarado ha escrito libros y artículos, producido teatro y televisión, promovido encuentros intelectuales y elixires efervescentes. De todo ello le quedan un podcast (La pinche complejidad) y una columna en El Heraldo de México, colaboraciones con Carlos Loret de Mola en LatinUS y Ana Francisca Vega en MVS Radio, su trabajo en la FIL Guadalajara y el festival de teatro DramaFest, y un montón de buenos amigos. Vive hace 29 años con su favorita entre ellos.

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