Una joven que no estaba en condiciones de decir que sí; un grupo de compañeros que, según lo que se ha testificado, no necesitó escucharlo. La denuncia de una joven contra un grupo de compañeros de su universidad, en Estados Unidos, volvió a poner sobre la mesa una pregunta que debería tener una respuesta obvia: ¿puede decir que sí alguien que no está en condiciones de decir nada? No puede. Y aun así, seguimos teniendo que explicarlo.
Hablemos sobre consentimiento y por qué un ‘no’, o la falta de él, es una negativa
No basta con que no haya un rechazo
Durante años, la regla que se enseñó fue ‘no es no’: si alguien rechazaba algo, había que parar. El problema es que esa idea deja un hueco enorme, porque pone toda la responsabilidad en quien tiene que decir que no, y no en quien tiene que asegurarse de que sí.
Tiene que haber un sí claro. Consentir es aceptar de manera libre, sin presión ni manipulación, y entender a qué se le está diciendo que sí. También es algo que se puede retirar en cualquier momento, incluso a la mitad. El silencio, la inmovilidad o la falta de respuesta no entran en esa definición.
¿Por qué no gritó?
Una de las preguntas que más se repiten cuando se habla de un abuso sexual es ‘¿por qué no gritó?’ o ‘¿por qué no se defendió?’. La respuesta no es tan simple como pensar que quien no quiere, se resiste. Ante una amenaza, el cuerpo no solo reacciona con pelea o huida: también puede congelarse, y esa reacción no se decide, ocurre sola.
En 2017, un estudio realizado en Suecia por Anna Möller y su equipo, publicado en Acta Obstetricia et Gynecologica Scandinavica, analizó a casi 300 víctimas de violación que acudieron a una clínica de emergencia. Cerca del 70% dijo haber vivido algo llamado inmovilidad tónica durante la agresión, y alrededor de la mitad la experimentó en un grado extremo. Seis meses después, quienes habían pasado por esa parálisis tenían más riesgo de desarrollar estrés postraumático y depresión, en parte por la culpa de no haberse resistido.
Si a eso le sumamos el alcohol, las drogas o la presión de un grupo, como en el caso con el que abrimos esta nota, la posibilidad de decir ‘no’ se reduce todavía más. Por eso el consentimiento no puede depender de que alguien se defienda: tiene que depender de que alguien diga que sí.
Mitos que hay que desmontar
‘Si no dijo que no, es que sí’. El silencio no es una respuesta. Puede ser miedo, confusión o una reacción del cuerpo que paraliza. Si hay que adivinar, la respuesta es no.
‘Si ya habían tenido algo antes, ya está permitido’. Un sí de antes no es un permiso permanente. El consentimiento es específico y reversible, y aplica igual en una pareja de años o en un matrimonio. En nuestro país, la violación dentro del matrimonio también es delito.
‘Se vistió así o tomó, se lo buscó’. Es la creencia más arcaica de todas. La ropa no es una invitación, y quien está bajo los efectos del alcohol o las drogas, dormida o inconsciente, no puede consentir. La responsabilidad es de quien abusa, no de quien lo vivió.
‘Preguntar rompe el momento’. Un ‘¿quieres seguir?’ no apaga nada; de hecho, es parte del juego y de la confianza. Lo que de verdad lo arruina es descubrir después que la otra persona nunca quiso.
El consentimiento existe seas mujer u hombre
Aunque la conversación sobre consentimiento suele centrarse en las mujeres, los hombres también pueden vivir un abuso sexual, y muchas veces lo hacen en completo silencio. Pesan sobre ellos mitos que dificultan hablar del tema: que ‘un hombre siempre quiere’, que ‘si hubo una reacción física es porque le gustó’ o que, si pasó, es porque ‘no supo defenderse’. Nada de eso es cierto.
La vergüenza debe cambiar de bando
Gisèle Pelicot lo dijo durante el juicio que decidió hacer público, a pesar de que su caso incluía haber sido drogada y abusada por decenas de hombres: ‘la vergüenza debe cambiar de bando’. La frase resume algo que todavía cuesta entender: quien debe sentir vergüenza es quien abusa, no quien lo vivió.
Si pasaste por una situación así, no fue tu culpa: ni por lo que tomaste, ni por lo que llevabas puesto, ni por no haber dicho que no. Hablarlo con alguien de confianza, con un profesional de la salud mental o con una organización especializada puede ser un primer paso. Y si decides denunciar, no importa cuánto tiempo haya pasado: nunca es tarde para pedir ayuda y buscar justicia.
Si estás en peligro inmediato, puedes llamar al 911.