Nadie cree (espero) que un actor de películas de acci{on puede caerse de un tercer piso y levantarse como si nada (a menos que seas Tom Cruise). Sabemos que hay cortes, dobles y días enteros de grabación para una sola escena, bueno, con la pornografía debería pasar lo mismo, pero casi nadie dice que es ficción producida, y como toda ficción, edita lo que no le conviene mostrar.
Lo que el porno nunca te va a enseñar
Y no es un tema menor. Diferentes análisis de tráfico web han mostrado que los sitios porno reciben igual o más visitas que Twitter, Instagram, Netflix, Pinterest y LinkedIn juntos. Si tanta gente lo ve, vale la pena preguntarse qué se está aprendiendo ahí, aunque nadie lo haya pedido.
Cuerpos de catálogo y excitación de un clic
En pantalla, la excitación llega al instante, nunca hay nervios, ni charla, ni calentamiento, ni un "espérame tantito". Nadie necesita lubricante, nadie siente molestia, nadie se ríe por una situación incómoda, todo fluye como si el cuerpo obedeciera un guion y claro, como el video tiene cortes, la resistencia de quienes participan parece sobrehumana. No se ven las pausas, el cansancio ni los ajustes que en la vida real son parte de cualquier encuentro.
Para quien tiene poca experiencia, esto funciona como una vara de medir bastante injusta. Si mi cuerpo no reacciona tan rápido, si algo duele, si necesito parar, ¿estoy haciendo algo mal? No, simplemente estás en una escena sin edición.
Los cuerpos tampoco son una muestra representativa de nada. Predominan los estándares corporales muy estrechos, hiperestilizados o intervenidos con cirugía. Ver constantemente pornografía te deja una imagen corporal dañada, y no solo en quien se compara con los actores, sino también en quien se compara con la pareja que tiene enfrente y no se parece a lo que vio en la pantalla.
Cuando el guion se cuela en la relación
Aquí el asunto se pone más delicado. En el porno casi nunca aparece el consentimiento hablado, o sea, nadie pregunta, nadie pone un límite, nadie dice "esto no me gusta" y al final del día quien lo consume mucho puede terminar creyendo que la intimidad simplemente sucede, como por arte de magia, y que hablar de lo que uno quiere y lo que no, sobra o rompe el momento y es justo lo contrario: sin conversación, las parejas adivinan, y adivinar sale caro.
De ahí se desprenden otras ideas torcidas. Que la pareja debería tener ganas siempre que uno quiera, como si el deseo fuera un interruptor, que lo agresivo o lo extremo es lo normal, cuando en realidad son fantasías específicas de ciertas personas, que además las viven con acuerdos previos, o que el otro es una herramienta para el placer propio y no alguien con emociones, cansancio y ritmos distintos. Este último punto, ojo, es de los más discutidos entre especialistas, y lo vemos más adelante.
¿Culpable o chivo expiatorio?
Sobre qué tanto daña el porno no hay consenso, y conviene decirlo sin rodeos. Hay quienes advierten que el uso compulsivo se parece a otras adicciones conductuales: cuando la persona intenta dejarlo y no puede, cuando le roba tiempo al trabajo, al sueño o a la pareja, cuando se usa para anestesiar el estrés, la soledad o el aburrimiento.
Por otro lado, la psicoterapeuta londinense Silva Neves, sostiene que el porno no es adictivo y que no causa por sí mismo problemas de pareja ni disfunción eréctil. Según él, tiene más peso la vergüenza sexual que el video, lo que es más bien sentirse juzgado por verlo puede provocar más problemas que verlo. Sobre la objetivación, argumenta que forma parte normal del deseo, incluso en quienes no consumen porno.
Entonces, ¿qué nos queda? Que quizás el problema no sea únicamente verlo, sino no tener otra referencia. Hasta Neves, que defiende al porno, señala como causas reales la mala educación sexual y las relaciones donde nadie se atreve a decir lo que siente. Sin esas conversaciones, el porno llena un hueco que nunca le tocó llenar y al final, es entretenimiento con guion, y el error empieza cuando se toma por documental.