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Opinión | El futbol siempre fue una excusa

Tras vivir en cinco países y perseguir el sueño de ser futbolista profesional, Roger Bonet reflexiona sobre cómo el futbol, los viajes y las culturas que conoció transformaron su manera de entender la vida.
lun 07 septiembre 2026 05:55 AM
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Ilustración: Rodolfo Támes

Hace ocho años que empecé mi vida como expatriado, persiguiendo el sueño de ser futbolista profesional en cualquier país dispuesto a abrirme sus puertas. Salí de España con 23 años y, desde entonces, he vivido en Islandia, Finlandia, Estados Unidos, México e Indonesia. Cinco países. Cinco maneras muy diferentes de entender la vida.

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Frío, oscuridad y distancia social. Tras un corto paso por Islandia, el desafío se multiplicó al llegar a Finlandia en plena pandemia. Una pequeña cabaña de madera perdida entre los bosques. Una sauna. Una conversación sin prisas. Un baño helado en alguno de los miles de lagos que bañan el país. Tuve pareja, hice amigos, disfruté de éxitos deportivos y también viví desengaños y fracasos. Construí una vida nueva. Me obsesioné tanto con encajar y formar parte de aquella sociedad que decidí aprender finés, una de las lenguas más complejas del planeta. Entendí que, si quería formar parte de su comunidad, tendría que ganármelo. En mi última temporada fui capaz de hacer una entrevista en finés antes de un partido. Después de tres años, ya no me sentía un extranjero. Fue allí donde aprendí que no hay país en el que no puedas adaptarte si muestras un interés sincero por la cultura que te acoge. Pero, precisamente cuando Finlandia dejó de parecerme un lugar desconocido y empezó a sentirse como un hogar, entendí que había llegado el momento de volver a salir. Lo desconocido se volvió rutinario.

En Estados Unidos siempre sentí una barrera entre el vínculo personal y el interés. Viví confundido entre relaciones superficiales y un país en el que abundan los recursos y las oportunidades para tener la calidad de vida que siempre busqué. La individualidad por encima del colectivo. Fracasé al intentar convencer a mis compañeros de que un vestuario unido nos acercaría al éxito. No les interesó, pero aprendí que, en estos procesos, siempre encuentras personas que vale la pena conservar en tu vida. Recuerdo especialmente una noche de verano en Oklahoma. Después de perder un partido, esperaba solo en el baño de casa mientras un huracán arrasaba la ciudad de Tulsa, donde residía. En aquel momento me pregunté si todo aquello realmente valía la pena. Cualquiera que haya vivido solo en el extranjero sabe que la nostalgia y esos momentos de vacío siempre acaban llamando a la puerta; son inevitables.

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México rompió muchos de mis prejuicios. Desde Europa es fácil reducir el país al narcotráfico y la violencia, pero descubrí una realidad mucho más compleja. Encontré un país apasionado por el futbol, cercano, hospitalario y con un enorme sentido del humor. México fue el lugar donde más cerca me sentí de casa desde que salí de España. Hay millones de personas que cada día trabajan y se exponen para construir un México mejor y que merecen una visión más sincera y honesta de su país.

Indonesia fue el país que más me marcó. Aprendí a vivir con calma, más despacio, a no estresarme. Ellos son felices a pesar de todos los problemas que tienen. Han aprendido a vivir en el caos y a sonreír. La religión les enseña a parar y a agradecer. Empecé enfadándome con ellos por su aparente incompetencia, pero poco a poco aprendí a perdonar y a vivir en un desorden continuo con una sonrisa. En Indonesia aprendí a ser feliz. A vivir en paz. A reflexionar. Ellos entendieron que la vida es demasiado corta como para vivir estresado o enfadado. Cuando pienso en Indonesia imagino sonrisas cómplices; no imagino pobreza, caos ni corrupción. Su forma de entender la vida me obligó a cambiar la mía.

Me convertí en una versión formada por todas las personas y culturas que conocí. La soledad me enseñó a ser feliz con poco. Mi felicidad ya no depende de nadie. Me siento libre para decidir. Cada vínculo emocional es un regalo, una oportunidad. Nunca una carga. Eso sí, nunca perdí mi esencia. Pero nunca volví a ser el mismo. El futbol siempre fue una excusa.

Acerca del autor

Futbolista profesional, trotamundos y escritor, Roger Ruxi Bonet entiende el futbol como una herramienta para construir un mundo más justo a través de promover una cultura futbolística más educada, alejada del negocio, los intereses y la superficialidad. Se ha especializado en explicar el juego desde una perspectiva táctica y pedagógica, construyendo una comunidad de millones de impresiones en X, donde comparte su visión del futbol.

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