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Opinión | Ser o estar siendo

Entre idiomas, ciudades, amistades y recuerdos, Ernesto Núñez reflexiona sobre lo que significa emigrar y descubrir que la identidad no es algo fijo, sino el lento oficio de seguir siendo.
dom 06 septiembre 2026 09:12 AM
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Ilustración: Rodolfo Támes

“No, no extraño los tacos”. Esa es últimamente la respuesta a esa pregunta sobre mis nostalgias mexicanas, especialmente las gastronómicas. Porque lo que más extraño de México no es comida, amigos, contexto o geografía. Lo que más extraño es ser.

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Mi condición de expatriado –expat para los white– me ha hecho pensar en la identidad. Porque parece que tú eres tú, no importa dónde estés. Pero, ¿qué ocurre cuando cambias de idioma, de territorio y tienes que construir nuevas relaciones?

Lenguaje. Seamos sinceros, explicar el “ahorita” mexicano es intentar construir una muy especial teoría sobre el tiempo. Es un agujero negro que la metafísica no logrará nunca explicar. Y no es que no exista un equivalente en el portugués, que contiene un “já já” muy similar, sino que esos códigos del idioma son los que, en mi opinión, te permiten colocar ironía, dar un giro inteligente o también saber que un chiste no pegó porque nadie entendió. Y nunca sé si el problema es mi portugués... O mi chiste. Creo que cada idioma tiene una manera distinta de dejarnos ser nosotros mismos.

Geografía. Nunca pensé que sentiría nostalgia por la tortillería. Y menos con la cantidad de horas de infancia que perdí entre sus filas somnolientas de los días calurosos en Valle de Bravo. En mi memoria está siempre la señora de adelante que no dejaba de chismear, el ruido de la máquina, el vapor escapando de las servilletas y el olor del maíz caliente. La geografía no es un mapa, sino la forma en que una ciudad nos enseña cómo habitarla. Las calles nunca fueron solo calles: eran el escenario donde uno sabía quién era.

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Vínculos. La única manera en que yo podría romper con mis mejores amigos es matándolos: tienen demasiada información sensible y clasificada. Siempre creí que los amigos estaban para acompañarnos e ir más leves. Vivir fuera me hizo descubrir que también están para recordarnos quiénes fuimos. Son quienes saben qué apodos tuviste, de quién te enamoraste, qué delgado eras o cuánto pelo tenías. Porque los amigos son testigos de nuestra biografía. El expatriado no solo se aleja de las personas que quiere, también se aleja de quienes podían completar las frases sin contexto, entender un silencio o lanzarse una mirada cómplice.

“... Para que tú al volver / no encuentres nada extraño / y sea como ayer / y nunca más dejarnos”, dice Juan Gabriel en una de sus canciones inmortales. Y sí, el ídolo de Juárez le canta al amor, pero para mí esa declaración resuena con otros ecos. Es el deseo de que nada cambie para que quien regrese pueda seguir siendo el mismo. Que la casa permanezca igual, que los amigos sigan sentándose en la misma mesa, que las pláticas sigan donde quedaron.

Brasil me regaló una canción que parece responderle a Juan Gabriel: Sampa, de Caetano Veloso, que recuerda su llegada a São Paulo con una confesión simple: “Quando eu te encarei frente a frente não vi o meu rosto. É que Narciso acha feio o que não é espelho”. Al principio, São Paulo resulta extraña no solo porque no la comprende, sino porque todavía no devuelve una imagen reconocible. Han cambiado el idioma, los códigos, las calles y las personas que confirmaban quién era.

Tal vez todos los expats nos llevamos un poco de Juan Gabriel cuando partimos, esperando que el mundo nos aguarde. Y quizá, con los años, terminemos entendiendo a Veloso: pertenecer es descubrir que es posible reconocerse en un nuevo espejo.

Emigrar me enseñó que la identidad no es un estado, sino el lento oficio de estar siendo. Y entonces sí uno acepta que no hay nada que arregle la vida y la identidad, no importa donde estés, más que un buen taco.

Acerca del autor: Educador y viajero, Ernesto Núñez cree en la enseñanza como motor de cambio social. Especialista en literatura hispánica, edición e innovación educativa, es director global de Producto e Investigación en Grupo Santillana. Su trabajo impacta cada año a más de 2 millones de estudiantes en Latinoamérica.

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