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Opinión | El turista infinito

Tras cinco años viviendo en México, David González Natal reflexiona sobre la identidad, la nostalgia y esa extraña sensación de convertirse en turista en el lugar que alguna vez llamaste hogar.
sáb 05 septiembre 2026 09:00 AM
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Ilustración: Rodolfo Támes

Recuerdo el día en que hace cinco años un servicio de mudanza vació mi casa en Madrid y me dejó mirando a una pared blanca. Tuve que vivir aún semanas en un espacio en el que los pocos objetos y muebles que se quedaron conmigo (los rechazados para una nueva vida) ya no seguían necesariamente la lógica con la que habían sido concebidos. Una silla podía ser un escritorio, una tumbona de terraza el sofá en el que echarse al terminar el día y el ordenador convertirse en la tele inexistente en la que ver una peli. Mientras tanto, una estantería llena de DVDs y BluRays que no habían pasado la criba de la mudanza me recordaba la obsolescencia de los formatos y daba la razón a una madre que siempre me había repetido: “¿Para qué compras tantos? ¡Pasarán de moda!”.

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Alguien dijo alguna vez que la nostalgia es el vicio del expatriado. Enredarse en la memoria como si fuese una chimenea de diseño, pero también la promesa de un incendio.

Cuando aterricé en México hace cinco años, no llegué realmente al país que conocemos, sino a un cúmulo de imaginaciones, suposiciones y promesas que yo mismo había creado. Expatriarse consiste también en deshacer ese ovillo mental y convertir toda esa materia abstracta en algo físico, cotidiano e incluso aburrido. El cambio que pensaste que salvaría tu relación dañada, la disrupción que traería nuevo impulso a tu existencialismo torpe, se tiene que transformar inevitablemente en tu cara mientras pagas un pan dulce en la Roma, en tu mano al caminar agarrado al celular en una calle de Polanco y en ese paraguas que llevas siempre en la época de lluvias para no terminar calado.

En mis cada vez más escasas visitas a Madrid he ido sintiendo una alienación, un desplazamiento de lo real. Empezó por los tópicos: el camarero español grosero que de pronto te molesta, la ciudad apretada de gente, la falta de colores... Y cobró un muy especial sentido hace un año cuando, tras un viaje, tuve que ir al médico por dolores estomacales, y me confirmó lo que ya sospechaba, mi propia flora intestinal no reconocía mi origen y me jugaba malas pasadas al haber olvidado la comida y las bacterias españolas.

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Expatriarse implica, en algún momento, empezar a sentirse un poco turista en tu propio país. También en positivo. Saber los trucos sin sufrir las consecuencias del día a día, percibir que el patriotismo que siempre te asustó es menos duro si lo sientes por el país que te acoge.

No tomárselo todo a pecho aumenta la capacidad de descubrir, aunque también implica un riesgo, el de notar que no perteneces realmente a ningún sitio. Pongámonos de acuerdo, “expatriado” es un término feo, así que por qué no cambiarlo por otro con más potencial, como un turista infinito, que observa y fotografía siempre con cierta distancia. Quizá sea autojustificación, pero en una era de nacionalismos exacerbados, siento que ser ligeramente menos de algún sitio y algo más de varios lados puede no ser tan mal plan.

Acerca del autor: David González Natal es Partner & México Managing Director de LLYC. Ha sido líder de la transformación creativa de la agencia, miembro del Comité Ejecutivo Global y líder regional de Diversidad. También ha dirigido campañas para marcas globales ganadoras de más de 250 premios, incluidos Cannes Lions y Clio.

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