La obra de Cynthia Gutiérrez nunca ha tratado únicamente sobre la escultura. Desde hace más de una década, la artista ha utilizado objetos, monumentos y materiales para cuestionar cómo se construyen las historias que heredamos y quién decide qué permanece en la memoria colectiva.
Cynthia Gutiérrez y el lenguaje oculto de la piedra
(Fotografías: Cortesía )
Su nueva exposición, Donde terminan las montañas, presentada en Galería Curro, continúa esa investigación desde un elemento tan antiguo como vigente: la piedra.
(Fotografía: Cortesía )
Más que representar paisajes, Gutiérrez se acerca a ellos como archivos. Le interesan las superficies que conservan rastros de acciones pasadas, los materiales capaces de registrar el paso del tiempo y las huellas que sobreviven mucho después de que desaparecen quienes las hicieron. En ese sentido, los petrograbados funcionan como un punto de partida para pensar el impulso humano de marcar el mundo, pero también para preguntarse cómo interpretamos esas marcas desde el presente.
Las esculturas reúnen roca volcánica, hierro, vidrio y madera en composiciones donde cada material conserva su propia carga histórica. No hay una intención arqueológica ni una reconstrucción del pasado; las piezas operan más bien como fragmentos abiertos que invitan a imaginar otras formas de conocimiento y de relación con el territorio.
La exposición propone que la memoria no siempre se transmite mediante relatos escritos, sino también a través de texturas, erosiones y gestos inscritos sobre la materia.
Ese interés por la materialidad también dialoga con una preocupación recurrente en la práctica de Gutiérrez: la manera en que transformamos el paisaje en recurso. Las montañas dejan de ser únicamente accidentes geográficos para convertirse en cuerpos atravesados por la extracción, el deseo y las tensiones entre naturaleza y cultura. Sin plantear una denuncia directa, la artista deja que sean los propios materiales los que hablen de desgaste, resistencia y transformación.
En una época dominada por imágenes que aparecen y desaparecen con rapidez, Donde terminan las montañas propone otro ritmo. Uno donde mirar exige tiempo y donde la materia conserva una capacidad poco común: recordarnos que algunas marcas siguen hablando incluso siglos después de haber sido hechas. Quizá ahí reside la fuerza de esta exposición: no en ofrecer respuestas sobre el pasado, sino en hacernos pensar qué tipo de huellas queremos dejar en el futuro.