La identidad es una ficción. Sí, es un relato que nos contamos a nosotros mismos para distinguirnos del resto. Estos relatos buscan símbolos y rituales que permitan la cohesión, la convicción y el sentido de pertenencia de los pueblos. Al principio, los pueblos buscaron en la severidad de sus constituciones o en la solemnidad de sus himnos un mismo símbolo, que los unía en lengua, norma y pasado histórico. Con los años, esos símbolos ya no fueron suficientes. Por ejemplo, en México, hemos encontrado otros artificios que dotan de univocidad nuestra postura frente al mundo. Al menos, cuando hablamos de futbol. Y eso, en un país tan divido, polarizado y antagonizado, es un bálsamo.
Opinion | La obligación metafísica. ¿Y si sí…?
En cada Mundial, miles de personas abandonan convergen, casi por instinto, en el Ángel de la Independencia, la Victoria Alada, Niké, a celebrar. “Vámonos al Ángel…” es el cuerno que nos llama. No importa si llegas en Metro, caminando por Reforma o colgados de una camioneta o un microbús ondeando una bandera. El Ángel se convierte en una plaza ritual. Carlos Monsiváis entendió que la cultura popular mexicana puede explicarse en esos momentos en que la multitud inventa nuevas formas de estar junta. En Los rituales del caos nos cuenta que las grandes concentraciones, las que protestan y las que celebran (peregrinaciones, conciertos, manifestaciones, partidos de fútbol) son ceremonias contemporáneas donde la ciudad se reconoce a sí misma. El orden cotidiano se suspende y emerge otro lenguaje, el del cántico, el abrazo espontáneo, la bandera convertida en piel y la avenida transformada en una sola voz, los gritos de hermandad. Estos “gritos” suelen encontrarse casi por descuido, no nacen de la retórica oficial ni de la literatura ni son un malévolo plan de marketing para vendernos algo. Son producto de una sobremesa o de la complicidad de la tribuna. Alguien la suelta al aire y el resto descubrimos, con escalofriante densidad, que ya nos habitaban.
Desde siempre. Nadie nos tiene que explicar qué significa ni por qué es importante. Está ahí, dentro de nosotros. Durante este mundial, en México, tuvimos uno solo, que unificó nuestro anhelos y esperanzas, uno que, por un momento, nos dio la sensación de pertenecer a algo más grande que uno mismo: ¿Y si sí…?
Paradójicamente, entendemos el verdadero peso de esa pregunta, su quilataje filosófico, en lo que calla, en la frase que la precede, que es una confesión, una declaración que nos cuesta tanto admitir que decidimos no decir, sino solo sugerir, pues es la historia, la estadística, la tradición y el status quo quienes la pusieron ahí por nosotros: “yo sé que no, pero y si sí?”.
Los necaxistas llevamos grabada a fuego la tarde del 10 mayo de 1998. Aquel día de las madres en que la Bombonera de Toluca nos arrebató una certeza que sentíamos nuestra. Llegamos a la vuelta con la ventaja en el bolsillo, 2-1 en el otrora Estadio Azteca y en Toluca, antes de cumplirse la media hora, un gol de José Luis Montes de Oca y uno de Álex Aguinaga parecían firmar la sentencia en favor de nuestros Rayos. El Toluca arrastraba veintitrés años de sequía y queríamos que fueran veinticuatro. Sin embargo, en las gradas empezó a bramar un ruego que torció la realidad: “¡sí se puede!”. Como un acto de la más alta hechicería, Taboada, Abundis y Cardozo se encargaron de darle la vuelta al marcador. Ese día, sí se pudo: 6-4 en el global. Apenas unos meses después, ese mismo mantra cruzó el Atlántico hasta Saint-Étienne, Francia, en el Mundial de Francia de 1998; perdíamos dos a cero contra los gigantes de Holanda cuando la tribuna repitió el conjuro, logrando un milagro en el último suspiro con la barrida inmortal de Luis “Matador” Hernández: empate a dos. Pasamos a octavos.
Aquel idilio continuó días más tarde en Montpellier frente a Alemania, donde el propio Hernández nos puso en ventaja. El colmillo de Jürgen Klinsmann devolvió la incertidumbre a las tribunas y, a pesar de cantar “¡Sí se puede!”, Oliver Bierhoff sepultó definitivamente la ilusión. Al final, no se pudo. Nos mantuvimos en la terca y circular costumbre de encallar sistemáticamente en los octavos de final: la herida fratricida de 2002 ante Estados Unidos y el parabólico disparo de Maxi Rodríguez en 2006, hasta el penal de Robben en 2014 y el colapso temprano en Qatar 2022, la historia se volvió implacable. Ni siquiera el místico ruego de Javier “Chicharito” Hernández en Rusia 2018, exigiéndonos «imaginemos cosas chingonas», bastó para que el Brasil de Neymar no borrara la fantasía en Samara, demostrando que el destino ya ni siquiera se molestaba en variar nuestro guion de naufragios.
Visto desde cerca, el asunto es una belleza de la lingüística: una elipsis perfecta. Callamos la primera parte de la frase porque damos por hecho que el otro comparte nuestro mismo dolor, todos sabemos lo que antecede. La gramática ahorra palabras porque la historia se encarga de rellenar los huecos:“tú y yo sabemos que no, pero ¿y si sí?”. Este lema, el que verdaderamente nos define, se escribe completo en el reverso de la mente. Es un juego revelador donde el saber choca contra el creer, una contradicción que bien podría ser la cumbre de nuestra educación sentimental. Juan Gabriel, nuestro JuanGa, lo entendió antes que nadie y nos regaló una composición que va de la mano de la ensoñación: la arquitectura emocional de “Hasta que te conocí”. La canción es la crónica del fin de nuestra inocencia, arranca con el recuerdo de un pasado donde “yo jamás sufrí, yo jamás lloré”, para luego estrellarse contra el saber absoluto del desengaño: “hasta que te conocí / vi la vida con dolor / y muy tarde comprendí / que no te debía amar”. Ahí está nuestro “yo sé que no”, el veredicto frío de la experiencia que nos condena a la soledad. Sin embargo, nuestro drama no radica en la resignación ante el dolor, sino en la tensión de lo que sigue inmediatamente después: “porque ahora pienso en ti / más que ayer, mucho más”. Volvemos al objeto de nuestra ruina con una obstinación casi mística. Esa pequeña conjunción, el “pero” de nuestro lema, actúa igual que el crescendo de esa canción: no borra el dolor del pasado, simplemente le quita el derecho de clausurar la noche.
Si diseccionamos la anatomía de ese “¿y si sí?”, nos topamos con una anomalía sintáctica que es, en realidad, un milagro de los rasgos de oralidad de nuestra variante del español. Arranca con una conjunción copulativa, una “y” que cronológicamente no debería estar ahí porque no está uniendo dos oraciones explícitas, sino suturando nuestra realidad con un plano imaginario. Es un puente colgante tendido sobre el vacío. Inmediatamente después aparece el “si” condicional, la partícula que por definición suspende las leyes de lo fáctico para inaugurar el terreno de la posibilidad, del sueño y la imaginación. Lo fascinante ocurre al final, en esa duplicidad casi tartamuda del adverbio de afirmación: “sí”. No nos basta con una condicional simple, no, necesitamos duplicar la apuesta, un reaseguro fonético donde el “si” abre la puerta de la hipótesis y el segundo actúa como un martillazo que sella el deseo en nuestra imaginación, como si fuera de una factura sin pagar en el futuro.
“Yo sé que nunca llegamos al quinto partido, pero si sí lo logramos esta vez, y le ganamos a Inglaterra?”. El fantasma del quinto partido, esa frontera que dejamos de ver como una meta deportiva para empezar a tratarla como un límite metafísico. Es la herencia de habernos criado con la promesa rota y con esa sutil soledad de sentir que jugamos en la orilla del mundo, lejos de donde se reparte la gloria, en la otra orilla del futbol. Solo cuando se acepta esos quilates, cuando se asume el desierto, se tiene el derecho de formular la pregunta “y si sí?”. En El perfil del hombre y la cultura en México, Samuel Ramos intuyó con precisión que “cuando el mexicano compara su propio destino con el de otros pueblos, siente que el suyo carece de grandeza y de significación”.
Esta denuncia no es mía, ya algunos los filósofos intentaron nombrar esta misma herida. Jean-Luc Marion pensaba en esos acontecimientos puros que desbordan cualquier lógica, definiendo al fenómeno saturado como aquel que “supera con creces todo concepto, todo límite y toda previsión racional”. El fútbol es exactamente eso: un rebote fortuito, una atajada imposible o un gol agónico que reordenan la biografía entera de un país en noventa minutos. Las estadísticas siguen ahí, intactas en los libros, pero de pronto dejan de alcanzar para explicar por qué nos tiemblan las manos. Esa pregunta es la humilde confesión de que la razón no tiene el monopolio del destino.A veces pienso en los filósofos que intentaron nombrar esta misma herida. Husserl decía que la conciencia siempre guarda un horizonte abierto, asumiendo que «toda experiencia actual remite más allá de sí misma hacia un reino de posibilidades infinitas» donde el mundo nunca se agota con lo que ya vivimos. En esa misma línea, Merleau-Ponty recordaba en su Fenomenología de la percepción que el cuerpo no es un objeto pasivo, sino que «está polarizado por sus tareas, se proyecta hacia sus fines», habitando proyectos que aún no tienen una forma definitiva en el espacio. Jean-Luc Marion, por su parte, pensaba en esos acontecimientos puros que desbordan cualquier lógica, definiendo al fenómeno saturado como aquel que «supera con creces todo concepto, todo límite y toda previsión racional». El fútbol es exactamente eso: un rebote fortuito, una atajada imposible o un gol agónico que reordenan la biografía entera de un país en noventa minutos. Las estadísticas siguen ahí, intactas en los libros, pero de pronto dejan de alcanzar para explicar por qué nos tiemblan las manos. Esa pregunta es la humilde confesión de que la razón no tiene el monopolio del destino.
Luis Villoro explicaba con lucidez en Creer, saber, conocer que “saber es estar en posesión de una verdad de la que no se puede dudar, mientras que creer es una apuesta por lo posible”. Siempre arrancamos desde el saber: sabemos perfectamente que vamos a perder porque nos sobran los motivos y las justificaciones racionales, históricas, estadísticas y culturales. Pero en el rectángulo de pasto, el partido está vivo y el conocimiento del final todavía no existe, el porvenir aún no se convierte en experiencia tangible. En ese espacio suspendido entre lo que ya sabemos y lo que está por verse, se instala la pregunta de quien acepta las heridas del pasado pero se niega a convertirlas en una condena, queremos dejar de ver la vida con dolor, como nos enseñó JuanGa.
Nuestra esperanza no brota de la ignorancia ramplona, como nos quisieron hacer creer en redes, sino de la lucidez de quien entiende todo lo anterior, pero lo anula con la adversativa “pero”. Cada eliminación es un argumento más para el esceptisimo, claro, pero ninguna logra adueñarse del todo de lo que viene. Vivimos en esa tensión incómoda donde las evidencias conviven con una duda.
Al reflexionar sobre estas dinámicas colectivas, Juan Villoro apuntó en Dios es redondo que “la derrota es el estado natural del aficionado mexicano, pero la ilusión es su obligación metafísica”. El mérito de aquel viejo “¡Sí se puede!” de los noventa no era prometer la victoria, sino salvarnos de que la caída se sintiera definitiva; por eso la frase saltó de las canchas a las marchas y a las protestas sociales, como un escudo contra lo inevitable. Po eso resulta de pronto tan significativa esta nueva frase que madura al viejo lema, como si el tiempo hubiera añadido una capa de experiencia a la ilusión. En los noventa nos bastaba con decretar el entusiasmo; tres décadas después, la ilusión nos exige una herida previa, un “yo sé que no…” para que entonces pueda respirar el “…pero ¿y si sí?”. Es una fe más sabia, que ya aprendió a conversar con sus propias cicatrices. Ernst Bloch llamaba a esto el reino del todavía-no, advirtiendo que “el ser humano es algo que aún contiene mucho futuro ante sí”. El presente nunca coincide completamente consigo mismo porque guarda una reserva secreta de posibilidades.
Al final, la cancha es solo un pretexto, un espejo nítido donde dejamos de hablar de una pelota para empezar a hablar de nuestros complejos, de nuestras taras, de nuestra entrañable y ridícula obstinación. Después de tantos golpes, lo natural habría sido volvernos cínicos o adoptar un optimismo ciego. Sin embargo, nos quedamos en el medio, en ese territorio fronterizo donde la memoria no logra ganarle la partida al porvenir. Por eso seguimos yendo al Ángel, aunque sepamos, casi siempre, que no se pudo: no vamos a celebrar una certeza sino a compartir una duda, la misma que Monsiváis vio inventarse en la multitud. Aquella tarde de julio de 2026 en el Azteca, frente a Inglaterra, volvió a quedar clarísimo: dominamos, tocamos el balón con paciencia, llegamos al área una y otra vez, y aun así el marcador terminó 3-2. Jugamos como nunca, perdimos como siempre. Y sin embargo —ahí está el truco, la argucia con la que sobrevivimos— esa misma frase que debería enterrarnos es la que nos vuelve a levantar, porque si el mismo guion se repite en la cancha, también se repite fuera de ella: en el trabajo que no salió, en el amor que se fue, en el país que no termina de cuajar. Ahí, en cualquiera de esos naufragios cotidianos, también nos preguntamos, bajito, casi como una plegaria heredada: ¿y si sí? Juan Gabriel decía que fue “hasta que te conocí” cuando empezó a ver la vida con dolor. Nosotros, en cambio, llevamos generaciones viéndola así, curtidos en la derrota como un idioma materno. Pero tal vez ese “¿y si sí?” que gritamos en las tribunas sea, en el fondo, la misma pregunta que nos hacemos en silencio sobre todo lo demás: ¿y si sí dejamos de ver la vida con dolor? No para olvidar lo que dolió, sino para dejar de anticiparlo y dejar de vivir instalados en la derrota antes de que suceda. Esa es, quizás, nuestra identidad más honesta y discreta. Una forma de habitar la incertidumbre que no necesita banderas ni discursos. Una pregunta cuya fuerza depende, precisamente, de todo lo que decide callar.
Acerca del autor
Manuel Meza es editor, profesor y escritor especialista en educación y literatura. Aprendiz a tiempo completo, pone todos sus esfuerzos en mandar refuerzos felices al futuro. Actualmente, se desempeña como gerente senior de producto en Santillana México, donde lidera la creación de contenido para las diferentes líneas de negocio.