Ser portero es parte fundamental de quién soy y de quién quiero seguir siendo, pero no siempre fue así. De niño, primero fui centrocampista, pero jugaba poco o mal. Eso bastaba para que nadie me eligiera en su equipo. Hasta que un día alguien dijo: “Tú ponte de portero”.
Opinión: Que nada pase
Al principio me opuse. Cuando eres niño, nadie quiere ser portero. Aquella primera vez, estuve en la portería media hora más o menos, sin peligros. Pero algo cambió. Un niño paró el balón a media cancha y gritó: “Le meto gol al gordito”. Disparó. La trayectoria del balón, desde la portería, parecía oscilar de un lado a otro y a una velocidad de caricatura. Me lancé; mejor dicho, caminé un paso y me recosté sobre el concreto: el raspón y el golpe seco. No fue gol. Vítores y vituperios por igual. Nunca había sentido eso. Me sentía útil, seguro y con ganas de seguir haciéndolo.
Con el tiempo entendí que el futbol también es una forma de narrarse. Y empecé a contarme. No podía ser el que avanzaba con rapidez ni el goleador, pero sí el que cuida el desenlace. Como dice Villoro, el portero es el último narrador de la jugada, el que decide si todo termina en gol o en silencio.
Ser portero es aprender a cuidar, a esperar y a admitir que el protagonismo solo está cuando nada pasa. Mientras los demás corren y se precipitan, el portero observa y anticipa. Poco a poco me convertí en el que querían en la portería, porque era confiable, me lanzaba y estaba dispuesto a llenarme de tierra y raspones.
Con los años, seguí siendo portero, poniéndome los guantes, incluso, de manera metafórica. Sin darme cuenta, ese oficio se trasladó a otro lugar: los textos.
Ser editor se parece más a ser portero de lo que me gusta admitir. En ambos casos, uno trabaja desde atrás. No eres quien firma la jugada, pero sí quien la sostiene o evita la goleada. El portero cuida la portería; el editor cuida el texto y la voz del proyecto. Uno evita el gol; el otro, la caída del sentido o la lluvia de erratas y errores. En resumen, la misión es la misma: evitar que algo falle, que nada pase.
También aquí el margen de error es mínimo. El delantero puede fallar muchas veces, pero el portero no. El autor puede desordenarse, mientras que el editor no debería permitir que ese desorden llegue al lector.
Y luego está la soledad. El portero está separado del juego, lo ve desde lejos, usa sus propios colores; el editor, edita en soledad. Si todo sale bien, nadie lo nota. Si algo falla, se vuelve evidente y comienzan los señalamientos. En ambos puestos, uno aprende a vivir con eso.
A veces pienso que todo empezó porque no era bueno jugando en campo, que esa limitación me empujó hacia un lugar más mío, más personal. Al final, tanto en la cancha como en la página, se trata de lo mismo: de estar cuando nadie más puede estar, de evitar que algo pase y de aceptar que el error pesa más que el acierto.
En muchas crónicas de futbol, el portero aparece como una figura extraña; no el héroe que conquista, sino el que resiste. El editor vive en un lugar parecido. Ambos comparten una paradoja: su éxito consiste en que nada pase, que el balón no entre y que el texto no se rompa.
Tal vez por eso, aunque uno se juegue en la cancha y el otro en los textos, ambos exigen lo mismo: atención, paciencia y una forma particular de coraje. En el fondo, ser portero y editor es aceptar un lugar donde lo importante no siempre se ve, pero siempre está en juego.
Acerca del autor
Manuel Meza es editor, profesor y escritor especialista en educación y literatura. Aprendiz a tiempo completo, pone todos sus esfuerzos en mandar refuerzos felices al futuro. Actualmente, se desempeña como gerente senior de producto en Santillana México, donde lidera la creación de contenido para las diferentes líneas de negocio.