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Un encuentro con lo salvaje: así es la experiencia de un safari en Botsuana

La experiencia de un safari no se parece a ninguna otra. En Botsuana, de la mano de Wilderness, los encuentros con algunas de las especies más imponentes del reino animal hacen de un viaje verdaderamente inolvidable.
dom 03 mayo 2026 09:00 AM
Experiencia de un safari en Botsuana
Así se vive un safari en Botsuana. (PEDRO AGUILAR RICALDE #SHOTONIPHONE; CORTESÍA)

Ser testigo de los ciclos de la vida en su estado más puro invita a reflexionar acerca de nuestro lugar y rol en el planeta. En Botsuana, de la mano de Wilderness , los encuentros con algunas de las especies más imponentes del reino animal convirtieron un viaje en una experiencia llena de aprendizajes y momentos inolvidables.

Treinta y ocho horas transcurrieron desde que puse un pie fuera de casa –en la Ciudad de México– hasta que crucé la puerta de mi tent en el primer campamento de Wilderness que visitaríamos a lo largo de siete días en Botsuana. Un viaje largo –con escalas en Londres, Johannesburgo y Maun– cuyo último tramo realizamos a bordo de una avioneta que sobrevoló la sabana y las planicies africanas.

Desde el aire, el paisaje desconcierta con sus cambios: pasa de un laberinto de ríos y arroyos que conforman el delta del Okavango –y que dependiendo de la época del año puede verse más o menos caudaloso– a grandes extensiones de tierra árida que a la distancia parecen inhabitadas pero que en realidad son el hogar de miles de formas de vida que comienzan a percibirse cuando la mirada entra en sintonía con el entorno.

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Viajar a África es cruzar una frontera geográfica, pero también una mental. Es descubrir un mundo en el que los humanos y los reinos animal y vegetal conviven de una manera muy distinta; sumergirse en tradiciones y culturas milenarias que tienen en el fuego y el canto códigos de unión; comenzar a entender un balance que, aunque puede parecer desconcertante y cruel, permite la subsistencia de las especies; aprender a leer pistas sutiles –huellas, rastros, olores, sonidos– que en las grandes ciudades han dejado de tener sentido; y es también reconectar con un lado instintivo y salvaje de nuestra naturaleza humana que trasciende nuestras pantallas y dispositivos.

Campamento 1: Tubu Tree

Delta, el guía que nos acompañó durante nuestra estancia en Tubu Tree, aprovechó el trayecto del air strip al campamento para compartirnos las reglas básicas a seguir en este y todos los que vinieron después. Al ritmo de un 4x4 que se mecía en senderos terrosos y con la ocasional aparición de jirafas, jabalíes o elefantes que despertaban tanto asombro como el deseo de tomar mil fotos, nos explicó que en los recorridos no había que descender del vehículo ni hacer movimientos bruscos que pudieran asustar a los animales. También era importante mantener el volumen de la voz bajo y seguir las indicaciones todo el tiempo. En el campamento, mientras hubiera luz del sol, podíamos movernos con libertad, pero, una vez que la oscuridad se impusiera, debíamos estar siempre acompañados por algún miembro del equipo cada vez que saliéramos al exterior.

Los detalles de la dinámica diaria también formaron parte de esta inducción. Cada mañana, a las 5:00, alguien tocaba a la puerta de nuestra tienda –una suite, en realidad– para comenzar la jornada. A las 5:30 se servía el desayuno y a las 6:00 salíamos al primer recorrido del día. El regreso ocurría hacia las 13:00, momento en el que nos servían la comida antes de descansar para, a las 16:00, disfrutar de la hora del té y sus bocadillos dulces y salados –no hay que olvidar que Botsuana fue un protectorado inglés–. Era a las 16:30 cuando daba comienzo el segundo recorrido del día, que concluía minutos antes del ocaso con un gin tonic y un snack con el que distraer el estómago en lo que llegaba la hora de la cena.

La dinámica se repetiría todos los días, pero las aventuras nunca serían las mismas. Aquella primera tarde, con los efectos del jet lag a cuestas, hicimos un primer recorrido. Al ocultarse el sol, la temperatura baja de forma drástica, y también comienzan a aparecer especies que prefieren la noche para alimentarse. Una familia de leones, a la que nos acercamos atravesando zanjas, arroyos y pastizales, estaba atenta a cualquier presa que pudiera darles sustento. Con gran destreza, Delta conducía con una mano y movía una lámpara con la otra, señalando siluetas que se esfumaban en la negrura del paisaje y ojos que brillaban al ser iluminados por su potente rayo de luz.

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En África, el ritmo está marcado por el sol y la luna, por el ruido de los árboles cuando son mecidos por el viento o por una ocasional tormenta. El siguiente día, llegó con la oportunidad de vivir de principio a fin esa rutina que ya se nos había explicado y que nos llevó por nuevos senderos. Antílopes, gacelas, tsessebes y kudús pastaban en absoluta libertad, siempre pendientes de posibles depredadores. A nuestro paso, los avestruces levantaban el cuello con curiosidad y, de cuando en cuando, nos topábamos con enormes baobabs o árboles de salchicha, que deben su nombre a los frutos que cuelgan de sus ramas.

También entraron en escena algunos árboles de marula, fruto utilizado para la elaboración del Amarula, un licor con el que muchos acompañan el café. De pronto, entre unos arbustos, un kudú herido nos miró a los ojos. “No hay nada que hacer”, dijo entonces Delta con el profundo entendimiento de alguien que domina las dinámicas inherentes al ciclo de la vida. Las aves que ocasionalmente se presentaban en nuestro camino también marcaron nuestros días en Botsuana. Tal fue el caso de la carraca lila, cubierta con un plumaje de intensos azules, verdes y rosas, y del toco piquirrojo, al que siempre saludábamos con un sonoro “¡Zazúuuuu!”.

Dos de los momentos más especiales del viaje ocurrieron durante el segundo día de nuestra estancia en Tubu Tree cuando, en lugar de disfrutar del atardecer desde algún punto de las planicies, lo hicimos a bordo de un mokoro, una canoa tradicional con la que recorrimos algunos de los canales del delta. Aves, peces, una alfombra de lirios acuáticos y hasta diminutas especies de ranas afianzadas a los tallos de la vegetación salieron a nuestro paso para orquestar una de las escenas más fotogénicas y memorables del itinerario que nuestros guías coronaron colgando de nuestros cuellos collares de lirios elaborados por ellos mismos.

Al final del recorrido, esperaba por nosotros una barra con algunas de nuestras bebidas favoritas y sillas dispuestas para ver el sol ocultarse. Por la noche, en lugar de asignarnos una mesa en el comedor, se nos pidió sentarnos alrededor de una fogata a la hora de la cena. El staff iba y venía colocando ollas y cacerolas en el fuego. Cuando todo estuvo listo, formando un semicírculo frente a nosotros, comenzaron a entonar las canciones típicas de sus comunidades con las que suelen agradecer a la tierra y al universo sus bondades. Cantar en coro, según me contó otro guía, es una herramienta social, además de un ritual que comparten hombres, mujeres y niños por igual. Esa misma noche probamos algunos platos típicos de la gastronomía botsuana, como el pounded beef –carne de res deshebrada y sazonada– que suele acompañarse de polenta.

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Campamento 2: Chitabe

Trasladarse de un campamento a otro implica volver a atravesar los cielos africanos a bordo de una avioneta. El segundo campamento que nos recibió fue Chitabe, localizado en una especie de península formada por la confluencia de los canales Gomoti y Santantadibe. Aquí, Aaron fue el guía que nos acompañó durante dos días. Nos recibió con una gran noticia: con algo de suerte, podríamos tener un encuentro cara a cara con un leopardo que se había mostrado en los alrededores. La primera tarde no hubo suerte, pero sí avistamos a cientos de cebras que nos maravillaron con esos patrones blancos y negros estampados en su piel como una huella digital.

La mañana siguiente nos despertamos con un cielo nublado que no nos abandonaría en toda la jornada. El primer recorrido estuvo marcado por el frío y una ligera llovizna que obligó hasta a los más valientes a cubrirse con los ponchos que Aaron tenía listos para nosotros. El aire que corría libremente a nuestro alrededor gracias a la ausencia de cristales en nuestro vehículo nos mantuvo atentos a la presencia de jirafas, ñus, babuinos, elefantes y jabalíes. Igualmente boquiabiertos nos dejó el vuelo sincronizado de las parvadas de estorninos, cuyo movimiento forma unas caprichosas nubes –fenómeno conocido como murmuración– que se desplazan con tal velocidad y precisión que ni los modelos matemáticos más avanzados son capaces de explicar.

Cuanto más se recorren las reservas, más se aprende de las peculiaridades de cada especie con la que nos cruzamos. Las diferencias entre machos y hembras, las dinámicas de convivencia, las reglas de la manada, los métodos de caza… Todo comenzaba a encajar y tener sentido. El paisaje mismo comenzaba también a revelar secretos y, de pronto, uno comenzaba a encontrar caras de felinos en las ramas de las palmeras o a descubrir siluetas de animales formadas por conjuntos de árboles en el horizonte. ¿Realidad o imaginación? La respuesta es incierta, pero lo que era un hecho es que todo sumaba al carácter onírico de la experiencia.

Por la tarde, la suerte nos sonrió en dos ocasiones. La primera fue cuando, ante nuestros incrédulos ojos, una pareja de leones se apareó de manera breve pero felinamente indiscutible; y minutos después dimos con el leopardo, un cazador solitario que descansaba en las ramas de un árbol después de haberse dado un festín con un antílope cuyo cadáver había sido colocado en las alturas, a muy poca distancia de su lecho.

Así como los restos de aquel espécimen nos recordaron el incesante juego de presa/depredador que impera en estas latitudes, otras osamentas y restos fueron el pretexto para enterarnos de que nada se desperdicia en este ecosistema: después del cazador llega el turno de los carroñeros –aves, hienas, roedores e, incluso, insectos– que hacen que el sacrificio de una vida haya valido la pena. En ese entendido, ver a un par de leonas alimentar a sus cachorros con la presa del día, observar en la distancia a las hienas que esperan pacientemente y a los buitres dibujar círculos en el aire comienza a adquirir un sentido que antes hubiera sido difícil asimilar.

Campamento 3: DumaTau

En setswana, idioma oficial de Botsuana, DumaTau quiere de - cir “rugido del león”. Localizado en la reserva conocida como Linyanti y con unas instalaciones que le han valido reconocimientos internacionales, este enclave es ideal para observar especies como elefantes e hipopótamos.

Si los viajeros buscan una experiencia de safari de lujo, Du - maTau es la opción correcta. Los amplísimos tents cuentan con una sala con bar, una recámara con clóset, ducha interior y exterior y su propia alberca. Además, tiene gimnasio, spa y áreas comunes, entre las que destaca una plataforma con fogata construida sobre el agua, ideal para disfrutar del atardecer con alguno de los cocteles preparados en el bar.

Si bien la dinámica diaria fue muy similar –recorridos matuti - nos y vespertinos, hora del té, espacios de descanso–, también tuvimos la posibilidad de ordenar alimentos a la carta en todas las comidas, una diferencia significativa respecto a los otros campamentos. Otra experiencia única de esta propiedad fue la presencia de un bote que nos llevó en un par de recorridos por los alrededores. En nuestro caso, además de una comida a bordo, también realizamos un paseo al atardecer que nos dio la oportunidad de observar a la colonia de hipopótamos que habita las aguas del canal Savuti y que, ocasionalmente, dejaron ver más que sus ojos curiosos y sus orejas con imponentes bostezos.

Aquella última noche, después de aquel atardecer que nos maravilló con escenas de documental de National Geographic, la sobremesa se alargó como en ninguna cena anterior. Entre historias compartidas por los guías y el equipo del campamento, reflexiones acerca de todo lo que habíamos visto, escuchado y experimentado a lo largo de siete días y uno que otro brindis, comenzamos un recuento de lo ocurrido en un viaje tan edu - cativo como transformador. El regreso a casa sería igualmente largo, pero todavía quedaba mucho por asimilar. Solo faltaba agradecer a Botsuana por todas las lecciones aprendidas y la oportunidad de ser testigos de la naturaleza en su estado más salvaje. Una frase del novelista Gustave Flaubert flotaba en el aire al despedirnos: “Viajar te hace modesto. Te hace ver el pequeño lugar que ocupas en el mundo”.

ACERCA DE WILDERNESS

Desde 1983, esta empresa brinda a los viajeros la oportunidad de explorar la riqueza de algunos de los países más apasionantes de África. Con guías expertos y más de 60 lodges y campamentos localizados en países como Botsuana, Namibia, Ruanda, Tanzania, Zambia, Zimbabue, Sudáfrica y Kenia, su enfoque también se centra en la conservación de áreas protegidas que suman un total de 2.3 millones de hectáreas. Trabajando con las comunidades locales, ofrecen a sus huéspedes una combinación de naturaleza sin filtros, cultura y hospitalidad de primer nivel para crear experiencias que se recuerdan toda la vida.

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