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Por el bien de los abrazos

Llevamos semanas sin abrazarnos por recomendación de las autoridades. Pero, ¿qué significa realmente esta expresión de afecto? Nos tomamos la libertad de reflexionar sobre los abrazos.
dom 12 abril 2020 06:00 AM
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Por el bien de los abrazos

Al momento de escribir estas líneas llevo 26 días de distanciamiento social voluntario. Con toda certeza puedo decir que es el mismo tiempo que llevo sin estrechar la mano de nadie –y ya no hablemos de saludar con un beso o un abrazo. Y no es que yo me considere particularmente proclive al contacto físico. Si bien puedo cumplir con las normas sociales cuando me presentan a una persona y prodigar un apretón de manos o un beso en la mejilla, según sea el caso, los abrazos ya caen en un terreno al que no suelo dar acceso a cualquiera.

En ocasiones, esto me ha llevado a pensar que tengo cierto grado de autismo. Que una persona invada mi espacio vital sin mi pleno consentimiento –verbal o corporal– me hace sentir francamente incómodo. Un abrazo es para mí una de las muestras de afecto más íntimas y profundas de las que puedo disfrutar. Es esa oportunidad de rodear a una persona que me importa y acercar físicamente mi corazón al suyo, permitiendo que, acaso por unos segundos, nuestros latidos se sincronicen en un gesto de acompañamiento. Definitivamente, no me interesa acompañar a cualquiera, y mucho menos que me acompañen, si yo no lo he pedido.

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Desde luego, estoy consciente de que soy mexicano y de que en nuestro país y nuestra cultura el contacto físico es, por regla general, el común denominador para relacionarnos. Para el estándar mexicano puedo ser un tanto inexpresivo, pero seguramente para un japonés o un noruego, mi actitud podría resultar altamente invasiva. Porque cuando alguien me genera el deseo de abrazarlo o abrazarla, me gusta hacerlo bien: con firme ternura, por un buen rato, llenando mi nariz con su aroma. Es más, haciendo un pequeño análisis, he descubierto que me encanta sostener la cabeza de la otra persona en la palma de mi mano derecha y guiarla hacia mi hombro izquierdo. Tal vez eso me remonta a esos días en los que durante el trayecto a casa me quedaba dormido en el coche y mi papá o mi mamá me cargaban en brazos –haciendo ese mismo gesto– hasta depositarme en mi hamaca. Rendido por el cansancio, sabía que protegido por sus cuerpos nada podía estar mal.

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He estado haciendo una lista mental de las personas a las que me gustaría abrazar. Si bien algunas están en la Ciudad de México, muchas otras están dispersas por el mundo. Una buena cantidad está en Mérida, mi ciudad natal, y otros tantos están en España, Portugal, Irlanda y Nueva Zelanda. En mi lista hay incluso personas que ya no están físicamente en este mundo.

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Todas ellas han sido también grandes maestras en el arte del abrazo y puedo dar algunos ejemplos. Una amiga que desde hace un tiempo se mudó de México, regresó hace unos meses y al saludarme me dio un abrazo muy, muy, muy apretado y me dijo, “Extrañaba esa forma de abrazar tan tuya”, permitiéndome ver que probablemente ejerzo demasiada fuerza al hacerlo. También están las personas que me enseñaron –en el funeral de mi madre– que es posible derrumbarse en un abrazo y permitir que otros nos ayuden a cargar el peso que nos asfixia. O quien, en un elevador, me dio un abrazo que deseaba intensamente, pero al que no pude corresponder por temor a no poder despedirme.

Están los abrazos de mis sobrinos, quienes, a pesar de ser como un cometa que ocasionalmente se aparece por sus vidas, parecen no tener ninguna razón para considerarme un extraño. Los abrazos a mi padre –a quien en mi infancia veía como un coloso invencible y que hoy, a sus casi 80 años, parece haberse encogido de la misma manera en que yo seguramente lo haré si llego a su edad– me han hecho consciente de mi propia transformación. Por su parte, aquellos que me daba mi madre en mi cumpleaños susurrándome sus mejores deseos al oído cada julio me hacen falta más que cualquier otra cosa y me enseñaron que los abrazos deben disfrutarse al momento en que se dan o se reciben para dejarlos grabados en la memoria.

En mis visitas más recientes a Mérida, al abrazar a mis hermanas, he descubierto que los tres nos esforzamos, durante esos breves instantes, para encontrar vestigios que en nosotros pudieran quedar de la mamá que compartimos y perdimos. Incluso he aprendido de quienes no han querido abrazarme por más que me he empeñado –por más que lo intenté durante un viaje a Tulum que parecía ideal–, con lo cual entendí que, para que un abrazo realmente signifique algo, tiene que ser correspondido.

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Llevo 26 días, probablemente más, sin dar un solo abrazo. Según las estimaciones de las autoridades, este distanciamiento social podría prolongarse hasta abril o mayo, con lo cual el número de días únicamente irá en aumento. Como he aprendido en clases de yoga, en este momento solo hay una personas a las que puedo abrazar: a mí mismo. Y tengo que reconocer que ya extraño esa sensación de proximidad que va más allá de cualquier deseo físico. Por lo tanto, tengo un propósito para cuando a mis brazos les sea permitido nuevamente aferrarse a ese marco que define los límites entre mi humanidad y la del otro.

No volveré a tomarme un abrazo a la ligera, no volveré a dar un abrazo a lo pendejo. Es más, no volveré a escribir “Abrazo” al final de un correo electrónico, trivializando uno de los vehículos de conexión más profundos que conozco. De ahora en adelante, esos abrazos estarán reservados para las personas que me mueven algo, para aquellas a las que realmente me alegra ver, para esas que cuando están cerca hacen que mi corazón se ponga contento. A todas ellas, hoy, les mando un abrazo.

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