Fundada en 1979 con The Mansion on Turtle Creek, en Dallas, la cadena hotelera Rosewood fue construyendo una identidad basada en una idea que hoy define su filosofía: que cada hotel debe estar fuertemente anclado en el Sense of Place (sentido del lugar) de cada punto del planeta en el que se encuentra.
Rosewood Mandarina, la vida en el paraíso
En la Riviera Nayarit, entre la selva tropical, las montañas, las planicies y el Pacífico mexicano, una nueva propiedad propone entender el lujo desde una perspectiva distinta: no como una forma de aislarse del entorno, sino como una manera de sumergirse en él. Así es Rosewood Mandarina, uno de los más recientes resorts de la marca, localizado dentro del desarrollo Mandarina, a unos 45 minutos del Aeropuerto Internacional de Puerto Vallarta.
La apertura tiene un significado especial para la marca, pues privilegia la conexión con la cultura y la comunidad local y eso se siente desde que se llega al lobby. Sólidos muebles fabricados con maderas locales, lámparas cuyas siluetas son un guiño a especies vegetales de la región, esculturas que representan a los animales sagrados y artesanías hechas con la minuciosa técnica decorativa de las chaquiras dominada por los wixárikas.
En México, donde Rosewood ha encontrado algunos de sus proyectos más emblemáticos, Mandarina representa su cuarta propiedad. El proyecto es también el resultado de casi una década de planeación y de una aproximación que busca establecer un diálogo genuino con la historia natural y cultural de Nayarit.
Un hotel que nace del paisaje
Rosewood Mandarina cuenta con 134 suites, incluidas tres suites especiales y dos villas independientes. La particularidad está en que el hospedaje se distribuye entre tres ecosistemas: montaña, playa y planicies. Algunas habitaciones miran hacia la selva y el océano; otras tienen acceso privilegiado a la playa Canalán, mientras que otras se integran al paisaje agrícola que forma parte de este rincón de la Riviera Nayarit. Todas cuentan con piscina privada y terrazas pensadas para borrar, literalmente, los límites entre interior y exterior.
El diseño, desarrollado por Caroline Meersseman, de Bando x Seidel Meersseman, incorpora referencias a la cosmovisión y al legado artesanal de las comunidades cora y wixárika. Textiles, bordados, madera, cerámica y piezas creadas en colaboración con artesanos locales forman parte de un lenguaje visual que busca que el hotel pertenezca a su entorno y no simplemente se imponga a él.
Para quienes buscan una experiencia todavía más privada, las dos villas llevan el concepto a otra escala. La Canalan Beachfront Villa se encuentra directamente sobre la arena y cuenta con dos habitaciones, gimnasio privado y piscina infinita, mientras que la Cora Mountaintop Villa, de 1,200 metros cuadrados, ocupa una posición elevada en la montaña y ofrece cuatro habitaciones con vistas abiertas hacia el Pacífico.
Nayarit en la mesa
La gastronomía es otra de las puertas de entrada al destino. Bajo la dirección del chef ejecutivo Vicente Mascarós, la propuesta del resort se construye alrededor de la estacionalidad, los productos locales y las tradiciones de la región.
La Cocina Mandarina es el punto de encuentro cotidiano: un espacio abierto frente al mar donde el fuego y la leña ocupan un papel central. Por la mañana, tortillas hechas a mano, frutas locales, café, chocolate y recetas mexicanas recrean de forma fiel la manera en que se desayuna en nuestro país; durante el día, tacos, mariscos frescos y preparaciones al fuego; por la noche, una propuesta más elaborada que explora los sabores regionales.
Buena Onda, junto a la piscina, adopta un tono más relajado con una carta inspirada en la cocina costera española y mediterránea. Pero es Toppu, situado en lo alto de la montaña, el restaurante insignia. Con la consultoría creativa del chef peruano Diego Muñoz, explora el encuentro entre las técnicas japonesas –como izakaya, robatayaki y tempura– y los ingredientes de Nayarit, desde pescados y mariscos hasta cítricos, vegetales y chiles.
A esta experiencia se suma Barra Peñasco, un espacio de mixología suspendido sobre un acantilado cuya carta toma como punto de partida los cuatro elementos y las tradiciones náyeri y wixárika, utilizando botánicos autóctonos y destilados mexicanos como tequila, mezcal, raicilla y sotol.
Bienestar con raíces locales
El programa de Asaya Spa debuta en México en Rosewood Mandarina. Inspirado en la cosmovisión wixárika y construido alrededor de un árbol de parota, el espacio propone tratamientos y rituales que combinan prácticas ancestrales con una visión contemporánea del bienestar. Entre sus experiencias se encuentran el Viaje Mara’akame y el Masaje de Tabaco, además de yoga al aire libre, caminatas y actividades diseñadas para reconectar con el entorno natural.
La experiencia, sin embargo, no termina en el spa. Surf, tirolesa, caminatas, circuitos de cuerdas y pickleball forman parte de la oferta, junto con el acceso al Club de Polo y Centro Ecuestre Mandarina. También está el Mandarina Golf Club, diseñado por Greg Norman, y la posibilidad de organizar expediciones hacia Sayulita, San Pancho o las Islas Marietas.Incluso los viajeros más jóvenes tienen su propia forma de descubrir el destino a través de Rosewood Explorers, un programa inspirado en relatos de la tradición wixárika que incorpora exploración de ecosistemas, actividades acuáticas, talleres de sustentabilidad y experiencias artísticas con materiales locales.
Más que una nueva apertura hotelera, Rosewood Mandarina representa una síntesis de la filosofía que ha acompañado a la marca desde sus orígenes: crear hoteles profundamente ligados al lugar que los recibe. En este caso, esa idea toma la forma de un santuario donde la montaña, la selva, las tradiciones indígenas y el Pacífico no son simplemente el escenario de la experiencia, sino sus verdaderos protagonistas.