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Four Seasons Cartagena: una nueva forma de habitar la historia de la ciudad

Mi primer viaje a Colombia me llevó hasta Four Seasons Cartagena, una propiedad donde arquitectura, hospitalidad y vida local construyen una forma de lujo profundamente conectada con la ciudad.
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Four Seasons Cartagena reúne edificios históricos y arquitectura contemporánea en el corazón de Getsemaní, a pasos de la Ciudad Amurallada. (Fotografías: Cortesía )

Hay ciudades que uno siente conocer antes de haberlas visitado. Por fotografías, libros, historias o simplemente por esa imagen que hemos construido de ellas con el paso de los años. Cartagena era una de esas ciudades para mí, sin embargo, mi primer viaje a Colombia me confirmó algo que suele suceder cuando finalmente llegamos a un lugar que hemos imaginado durante mucho tiempo: la realidad siempre termina siendo más compleja, más interesante y, en este caso, mucho más bella.

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Viajé hasta Cartagena para conocer el Four Seasons Hotel and Residences Cartagena y, aunque el propósito era descubrir la nueva propiedad, terminé encontrando algo que me pareció todavía más interesante: un hotel que resulta difícil entender sin mirar primero la ciudad que lo rodea y que, al mismo tiempo, ofrece una manera privilegiada de acercarse a ella.

No es casualidad. Four Seasons Cartagena está en Getsemaní, frente al Parque Centenario y a unos pasos de la Ciudad Amurallada. Su historia comienza, de alguna manera, antes de cruzar la puerta. El proyecto recupera y reúne construcciones de diferentes épocas, desde el Claustro de San Francisco, cuyos orígenes se remontan al siglo XVI, hasta el antiguo Club Cartagena de la década de 1920, además de fachadas teatrales restauradas y estructuras contemporáneas. El resultado es una propiedad que no parte de una sola arquitectura, sino de muchas capas de la propia historia de Cartagena.

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Fotografía: Cortesía

Quizá por eso una de las primeras cosas que llamó mi atención fue precisamente su fachada. Desde la calle apenas deja imaginar que detrás se encuentra un Four Seasons. No hay una entrada monumental que pretenda competir con el entorno. El hotel ocupa su lugar dentro de la ciudad con cierta discreción y, una vez dentro, comienza a revelarse poco a poco.

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Un hotel entre dos tiempos

Recorrer Four Seasons Cartagena se convierte en parte de la experiencia. Por momentos estás dentro de una construcción histórica, rodeado de muros, patios y proporciones que recuerdan el pasado de la ciudad; después, casi sin notarlo, llegas a espacios mucho más abiertos y contemporáneos. Entre ambos aparecen jardines tropicales, corredores y patios que funcionan como transiciones naturales.

La propiedad no intenta esconder que está compuesta por edificios de épocas distintas. Por el contrario, hizo de esas diferencias una de sus mayores virtudes. El paisajismo incluso ayuda a conectar las diferentes arquitecturas y crea una sensación de descubrimiento mientras se avanza por el hotel.

Hay además una enorme cantidad de detalles que vale la pena observar. Parte del mobiliario, los textiles, las piezas en ratán y cerámica y distintas obras fueron desarrollados por diseñadores, artistas y artesanos colombianos. Algunos aparecen discretamente en los corredores; otros forman parte de las habitaciones o de los espacios públicos. Esta conexión con Colombia no depende de recursos demasiado evidentes; está en los materiales, en el arte y en pequeños gestos que uno va descubriendo mientras recorre la propiedad.

Incluso las habitaciones siguen esta lógica. El hotel cuenta con 131 habitaciones, pero no todas responden al mismo lenguaje. Las que se encuentran dentro de los edificios patrimoniales conservan elementos como muros de piedra coralina, techos altos y una sensación mucho más íntima; las ubicadas en las áreas contemporáneas tienen mayor entrada de luz, ventanas más amplias y una relación más directa con el exterior.

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Las 131 habitaciones y suites se distribuyen entre construcciones patrimoniales y espacios contemporáneos, cada uno con una relación diferente con Cartagena. (Fotografía: Cortesía )

Más allá del diseño, mi habitación tenía algo que valoro mucho en un hotel de este nivel: estaba pensada para hacer fácil la estancia. Espacio, comodidad, privacidad y todo aquello que necesitas para que regresar después de varias horas recorriendo Cartagena se convierta también en uno de los buenos momentos del día. Hay hoteles que sorprenden al entrar a la habitación; otros consiguen algo quizá más difícil: que después de unos días realmente disfrutes volver a ella.

La ubicación permite, además, que esa relación entre el hotel y Cartagena sea constante. Basta salir para encontrarse con Getsemaní o caminar unos minutos para llegar a la Ciudad Amurallada. Pero existe otro punto desde el cual pude entender de una manera completamente diferente dónde estaba: la azotea.

Ahí se encuentran dos piscinas y El Palmar, con una vista panorámica hacia Cartagena y el puerto. Desde arriba pude observar la Ciudad Amurallada y varios de los edificios que forman parte de ese paisaje que tantas veces había visto en fotografías.

Al atardecer todo adquiere otra dimensión. El calor comienza a bajar, la luz transforma los colores de las fachadas y Cartagena se extiende frente a la alberca mientras el cielo cambia lentamente. Fue uno de mis momentos favoritos de la estancia y también uno de los que mejor resume lo que creo que consigue la propiedad: estás disfrutando de un Four Seasons, pero nunca pierdes de vista dónde te encuentras.

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Sabores, descanso y una pausa antes de volver a Cartagena

Algo similar sucede con su propuesta gastronómica. En lugar de concentrarse en un solo espacio, los restaurantes y bares están distribuidos entre los diferentes edificios, por lo que cada uno termina teniendo su propia personalidad y, nuevamente, una relación particular con la arquitectura.

The Grand Grill, dentro del antiguo Club Cartagena, tiene un carácter más clásico y una propuesta centrada en carnes y mariscos. Bar Lelarge cambia por completo la energía: es más íntimo, con una coctelería que incorpora ingredientes locales y un ambiente que invita a quedarse conversando. Café Rialto, por otro lado, se convierte en ese lugar al que puedes llegar por un café colombiano de especialidad, panadería o repostería sin necesidad de convertir el momento en algo demasiado formal.

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La experiencia gastronómica recorre distintos espacios del hotel, desde The Grand Grill y Bar Lelarge hasta Café Rialto, conectando arquitectura, sabores locales y diferentes momentos del día. (Fotografía: Cortesía )

Me pareció interesante que incluso aquí la arquitectura vuelva a formar parte de la experiencia. Pizzeria Della Chiesa ocupa un edificio con pasado religioso y teatral; El Aljibe aprovecha una antigua cisterna para crear uno de los espacios más particulares de la propiedad; mientras que desayunar en El Patio del Limonar permite comenzar el día prácticamente al aire libre. Cada lugar tiene un ritmo diferente y eso hace posible pasar buena parte del día dentro del hotel sin sentir que estás repitiendo la misma experiencia.

Y si Cartagena invita constantemente a salir y caminar, Umari Spa propone exactamente lo contrario durante unas horas. El spa está ubicado dentro de una de las estructuras históricas y su diseño recupera la calma de los antiguos claustros. La transición se siente desde que entras: después del movimiento, el calor y la energía de la ciudad, encuentras un espacio mucho más silencioso y contenido. Cuenta con seis cabinas de tratamiento, áreas de relajación y vapor, y una propuesta que incorpora ingredientes botánicos locales.

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Umari Spa ocupa una de las estructuras históricas del hotel y propone un espacio de calma inspirado en la serenidad de los antiguos claustros. (Fotografía: Cortesía )

Una ciudad que comienza a unos pasos del hotel

Porque una de las grandes ventajas de hospedarse aquí es precisamente que la ciudad está demasiado cerca como para ignorarla.

Desde Four Seasons crucé una y otra vez hacia esa Cartagena de calles estrechas, fachadas llenas de color, plazas, restaurantes y música que aparece casi sin avisar. La Ciudad Amurallada resguarda una parte fundamental de la historia colombiana, pero está lejos de sentirse como una ciudad detenida en el pasado. Hay personas de todas partes del mundo, una escena gastronómica que merece tiempo y tiendas que permiten descubrir lo mejor del diseño y la moda colombiana.

También hay pequeños encuentros con historias que, al menos para mí, hacen todavía más especial recorrerla. En el Claustro de La Merced, hoy parte de la Universidad de Cartagena, reposan desde 2016 las cenizas de Gabriel García Márquez. El escritor murió en Ciudad de México en 2014, pero su relación con Cartagena y con el Caribe colombiano fue profunda. Saber que sus cenizas descansan aquí añade inevitablemente otra dimensión al caminar por una ciudad que parece tener mucho de ese universo que aprendimos a imaginar a través de sus libros.

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Desde las piscinas del rooftop, Cartagena y su Ciudad Amurallada se convierten en protagonistas, especialmente durante el atardecer. (Fotografía: Cortesía )

Y después está la gente. La calidez con la que me recibieron fue una constante durante el viaje y algo que encontré también dentro del hotel. Hay una manera de recibir que reconocemos inmediatamente quienes somos latinos: cercana, espontánea, con gusto por conversar y hacer sentir bienvenido al otro. En una propiedad de lujo, donde el servicio podría convertirse fácilmente en algo demasiado ensayado, conservar esa naturalidad hace una diferencia enorme. Creo que precisamente ahí está una de las cosas que más me interesaron de Four Seasons Cartagena.

El hotel propone una idea de lujo que no depende de aislarte de la ciudad, sino de acercarte a ella. Lo hace a través de edificios que ya pertenecían a su historia, del trabajo de arquitectos, diseñadores y artesanos colombianos, de ingredientes y sabores locales y, sobre todo, de las personas que trabajan diariamente en la propiedad. Un proyecto de esta escala también representa una fuente de trabajo para muchas personas y eso ayuda a que el vínculo con el destino vaya más allá de una decisión estética.

Por eso regreso mentalmente a esa fachada que vi al llegar. Detrás de ella existe un hotel extraordinariamente complejo, resultado de años de restauración y de la unión de construcciones que abarcan varios siglos. Sin embargo, desde la calle no necesita anunciarlo. Prefiere mantener la escala y el ritmo de Cartagena, integrarse a sus calles y dejar que el huésped descubra todo lo demás una vez adentro. El propio proyecto parte de esa relación con el tejido urbano: de recuperar, conservar y dar un nuevo significado a edificios históricos sin borrar su identidad.

Después de conocerlo, me parece que esa decisión dice mucho sobre cómo podemos empezar a entender el lujo en destinos con tanta identidad e historia. Mi invitación era para descubrir Four Seasons Cartagena y terminé descubriendo también una ciudad a la que llevaba mucho tiempo queriendo llegar. Era mi primera vez en Colombia y me fui pensando en todo lo que todavía me falta por conocer de Sudamérica, una región cuya belleza, por lo menos para mí, sigue teniendo mucho por revelar.

Cartagena me dejó sus calles, su música, su arquitectura, su comida, su gente y algunos atardeceres difíciles de olvidar. Four Seasons me permitió acercarme a todo ello desde un lugar privilegiado, pero sin poner distancia entre la ciudad y yo.

Y quizá esa sea la mejor manera en la que un hotel puede formar parte de un viaje: no haciendo que olvides dónde estás, sino consiguiendo que quieras descubrirlo todavía más.

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