Publicidad
Publicidad

La nueva era de Napa Valley: sostenibilidad, vino regenerativo e innovación en California

Tras décadas de explosión y asentamiento, la industria vinícola de Napa Valley, en California, se enfrenta al futuro con el reto de permanecer.
terruno5.jpg
"Napa Valley ya no es el destino que recordaba. Se ha transformado en un laboratorio vivo de adaptación climática". (Fotografías: Richard Morley )

Regresar al norte de California después de más de una década fue enfrentarme a una redefinición radical del valor. La última vez que recorrí los viñedos de Napa, el lujo se articulaba a través de una opulencia casi estática: la búsqueda del cabernet perfecto, la botella pesada como símbolo de estatus y una arquitectura que gritaba exclusividad. En aquel entonces, el valle era una postal de perfección inmutable. Hoy, esa misma geografía sigue siendo vibrante, pero por razones distintas. La estética ha cedido el paso a la estrategia, y el brillo de las etiquetas ha sido sustituido por una métrica mucho más ambiciosa: la capacidad de permanecer.

Publicidad

En esta nueva gramática del vino, el concepto de sostenibilidad ha cambiado. Ya no es un término de relaciones públicas o una etiqueta orgánica en el reverso de la botella, sino una compleja mezcla entre alta tecnología, arte y un retorno táctico a la tierra. Lo que hoy encontramos en valles como Suisun, Sonoma o Anderson es un ecosistema que se entiende a sí mismo como un activo de riesgo, pero también como un refugio de resiliencia sistémica.

terruno2.jpg
Fotografías: Richard Morley

I. El retorno

Mi reencuentro con esta tierra comenzó en el 1 Hotel, en San Francisco, un espacio que ya anticipaba el tono del viaje, un lujo que se integra en su contexto, enfocado en la sostenibilidad operativa. Debo ser clara: aquí vine a aprender. En un grupo de 15 periodistas internacionales, probablemente yo era la menos experta en tecnicismos enológicos, pero me senté a la mesa con la curiosidad de quien sabe que el vino es, ante todo, un indicador económico y social. Los paladares de mis colegas —educados en el viejo mundo, en mercados asiáticos emergentes, en tradiciones vinícolas que yo solo conozco de lejos— fueron mi principal brújula en una cartografía que apenas empezaba a descifrar.

terruno7.jpg
Fotografías: Richard Morley

Publicidad

Napa ya no es el destino de vitrina que recordaba, sino que se ha transformado en un laboratorio vivo de adaptación climática. Durante los últimos años, el fuego y la sequía han obligado a los viticultores a pasar de la perfección del fruto a la custodia del sistema. El lujo ya no es necesariamente el vino que recibe 100 puntos o el que gana la cata a ciegas del juicio de París, sino el viñedo que logra capturar carbono, que regenera su suelo y que asegura su viabilidad para las próximas generaciones.

II. La mesa global

Esa primera noche en San Francisco, sentados en la mesa de La Mar (de Gastón Acurio), la conversación no gravitó únicamente en torno a los taninos. Éramos periodistas de una docena de países distintos —desde Corea del Sur y Australia, hasta el Reino Unido, Suecia y Japón—, convocados para descifrar el concepto de “futuro resiliente”. En ese microclima, ser la única voz latinoamericana me dio una perspectiva que no nace necesariamente de la geografía, sino de la sensibilidad sobre el origen. Mientras mis colegas analizaban la estructura del mercado y la calidad de los más de 60 vinos que degustamos a lo largo de la semana, mi mirada se desviaba inevitablemente hacia la complejidad humana que sostiene la industria.

terruno9.jpg
"Ignorar el rol de la mano de obra mexicana en los viñedos californianos sería presentar una crónica incompleta". (Fotografías: Richard Morley)

La cena, guiada por Elaine Chukan Brown —escritora, conferencista y educadora global de vino que trabaja en la intersección de la sostenibilidad, la acción climática y la democratización del conocimiento enológico— funcionó como un prólogo intelectual. Elaine no habla de vino como un producto, sino como un sistema de relaciones. Fue ahí donde comprendí que la resiliencia no es una meta individual, sino un esfuerzo de colaboración global. La diversidad del grupo reflejaba la diversidad necesaria en el viñedo: así como un monocultivo es frágil, un pensamiento único sobre la industria es insostenible.

En esta mesa también surgieron las preguntas incómodas que el sector debe abordar: el impacto de los aranceles en el consumo global y, de manera crucial, la política migratoria. No hay vino californiano sin los trabajadores mexicanos. La interconexión entre México y California es profunda y estructural. Ignorar el rol de la mano de obra mexicana en la viabilidad de los viñedos californianos sería presentar una crónica incompleta y condescendiente.

III. El vino como activo de impacto

Como alguien que dedica parte de su vida profesional a la inversión de impacto, me resulta imposible caminar por un viñedo sin verlo como una estructura de capital. En mi labor con fondos de inversión, operamos bajo una premisa: el capital, cuando se cultiva con intención, transforma sistemas. En California, esta lógica se aplica ahora a los activos biológicos.

terruno3.jpg
Fotografías: Richard Morley

Existen distintas capas de compromiso ambiental. Mientras que lo orgánico se centra en lo que no se aplica (pesticidas sintéticos) y lo biodinámico introduce una visión holística y casi espiritual del ciclo vital, lo regenerativo va un paso más allá. Se trata de devolverle al suelo más de lo que se le quita. Es una estrategia de mitigación de riesgos frente a la volatilidad climática: si el suelo está vivo y captura carbono, el activo es resiliente. Bodegas como Grgich Hills o Benziger operan bajo este rigor de stewardship o custodia: entender que somos administradores temporales de la vitalidad de la tierra.

Hay otro ángulo que como inversionista no puedo ignorar: el de la equidad dentro de la cadena. La sostenibilidad que no llega al trabajador del campo no es sostenibilidad, es marketing. Las bodegas más avanzadas en esta región lo entienden y están incorporando métricas de bienestar laboral, vivienda digna y movilidad económica para sus empleados agrícolas como parte de su tesis de valor, no solo como filantropía.

IV. Puntos de inflexión

Si la resiliencia era el concepto, el itinerario fue la evidencia táctica. En Signorello Estate, la reconstrucción tras los incendios de 2017 es una declaración de principios. Diseñar un búnker de alta estética capaz de resistir lo inevitable es cómo el capital se vuelve valiente. Por otro lado, Iron Horse y Reservoir Farms nos llevaron al algoritmo. La tecnología de precisión —con drones, sensores de humedad e inteligencia artificial— no reemplaza la intuición humana, más bien la amplifica. La eficiencia operativa es mucho más que vanidad en una región donde el agua es un recurso geopolítico escaso.

terruno1.jpg
Fotografías: Richard Morley

El viaje hacia el norte nos regaló un cambio de atmósfera. Anderson Valley es una zona mucho más relajada y menos protocolaria que Napa e incluso Sonoma. En Pennyroyal Farm, encontramos un excelente modelo de economía circular. Aquí, los animales son los mejores ayudantes del sistema regenerativo, encargados de la limpieza del suelo y la fertilización natural.

Hay una conversación que la industria ya no puede posponer: la de su propia audiencia. El vino lleva siglos construyendo muros de entrada —el vocabulario técnico, el ritual casi religioso de la cata, la etiqueta social del conocedor— y esos muros hoy le están costando mercado. Los consumidores más jóvenes no van a aprender el idioma del sommelier por deferencia; van a elegir otra bebida. Curiosamente, las regiones que más han avanzado en sostenibilidad ambiental son las mismas que están liderando esta apertura cultural, como si entendieran que ambas batallas son la misma: la de garantizar que algo valioso continúe existiendo.

V. Una nueva definición de sustancia

terruno8.jpg
Fotografías: Richard Morley

El norte de California ha dejado atrás la obsesión por el poderío para enfocarse en la durabilidad. Hoy, la región no busca únicamente impresionar con la escala de sus bodegas, sino con la inteligencia de su permanencia. En este proceso, la interconexión con México se revela como algo mucho más profundo que un flujo comercial o una cercanía geográfica; compartimos una visión de lo que significa trabajar la tierra bajo presión, donde el sudor y el ingenio son la única respuesta posible ante un cambio climático que no da tregua. Entre los viticultores californianos se respira una consigna que va mucho más allá del romanticismo: la conciencia de que el suelo no es un activo que se posee, sino una herencia que se administra.

Esa escala humana es lo que permite tomar los riesgos más ambiciosos. En el mundo de la inversión de impacto hablamos de “capital paciente”, pero en el campo ese concepto es el pan de cada día. Nadie diseña estrategias basándose en el próximo trimestre cuando lo que está en juego es la salud del suelo que pisarán sus nietos. La sofisticación que encontré en este viaje no fue únicamente en la copa, sino en la tenacidad de quienes han decidido que su legado no se mide en cajas vendidas, sino en la vigencia de su tierra. Esa tenacidad de decidir que el éxito es dejar la tierra mejor de cómo se encontró redefine por completo lo que entendemos por valor. Las prácticas regenerativas nos invitan a dejar de ser simples consumidores para volvernos custodios de un ciclo que nos supera.

Publicidad

Tags

Publicidad

Publicidad