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Los sabores de Veya

Con una propuesta gastronómica anclada en los ingredientes más frescos provenientes del mar y la tierra, Banyan Tree Veya Valle de Guadalupe es un destino imperdible para los foodies.
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Las cenas privadas de Banyan Tree Veya Valle de Guadalupe celebran los ingredientes de temporada con menús diseñados a partir de productos cosechados el mismo día y vistas privilegiadas al paisaje del Valle.
(Fotografías: Cortesía )

Visitar el Valle de Guadalupe siempre será una buena idea, sin importar la época del año. Localizado a aproximadamente una hora y media por carretera desde el aeropuerto de Tijuana, ha logrado posicionarse como uno de los puntos de referencia de la geografía mexicana para los amantes del vino y de la buena comida. La velocidad a la que los conceptos de hospitalidad, vinícolas y gastronómicos han florecido en la zona es verdaderamente impresionante y lo que esto significa para los visitantes es que seguramente encontrarán una opción que se adapte a sus gustos y preferencias.

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Una de las propiedades que más ha llamado la atención en los últimos años es Banyan Tree Veya Valle de Guadalupe, que abrió sus puertas en 2024, y que apuesta por una arquitectura que se funde con el paisaje, un programa de bienestar anclado en la conexión con la naturaleza y un abanico de experiencias gastronómicas que se enfoca en enaltecer los mejores productos locales. Son precisamente estas últimas las que más nos emocionaron en una reciente visita a la propiedad y las que creemos justifican planear un escape –romántico o de amigos– a este sorprendente destino.

Cenas con intención

Preparadas por el chef ejecutivo del hotel y con un servicio a cargo de la capitana de meseros y el siempre atento Juan, estas cenas tienen como objetivo traer a la mesa los ingredientes más frescos de cada temporada. Una mesa montada en uno de los puntos más altos del hotel permite apreciar el paisaje al atardecer y se vuelve un escaparate, literalmente, de vegetales, flores y hierbas cosechados el mismo día y que adelantan parte de lo que se disfrutará en el menú.

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La idea es que después de saber alergias o restricciones alimenticias de los huéspedes, el equipo preparará una serie de platos con los ingredientes que pone a disposición la temporada. En nuestro caso fue un pan de masa madre con mantequilla fresca, una almeja pismo preparada al estilo de las carretas tradicionales de Ensenada, una tostada de hongos y de postre una tarta de manzana con helado de vainilla (una receta que, según se nos contó, es muy popular entre los habitantes de la zona). El maridaje fueron vinos de Pictograma, la bodega que forma parte del complejo y a la que dedicaremos un espacio más adelante.

Amapola

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En Amapola, los chefs Benito Molina y Solange Muris presentan un menú degustación inspirado en la riqueza del Pacífico mexicano, donde pescados, mariscos y productos locales son los protagonistas.
(Fotografía: Cortesía )

Especializado en pescados y mariscos de la Baja, Amapola cuenta con la dirección creativa de los chefs y esposos Benito Molina y Solange Muris. Abierto para cenas y con formato de menú degustación, brinda un recorrido perfectamente armonizado con los vinos de Pictograma. El ritmo de los diferentes tiempos es marcado por la actividad de la cocina abierta que permite ver al equipo preparar, emplatar y servir a los comensales sentados en una barra que rodea su área de trabajo.

El primer tiempo es un homenaje a la ensalada César –creada en Tijuana– con un tartar de atún aleta azul que se sirve sobre una hoja de lechuga; a partir de ese momento viene una sucesión de ostiones, almejas, abulón, cangrejo, codorniz, pescado y Wagyu local, preparados para combinar sabores y texturas gracias a la incorporación de chiles, salsas y preparaciones que, sobre todo, resaltan la frescura y la riqueza de esta región en la que se encuentran las montañas y el océano.

Pictograma

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Pictograma, la bodega del complejo diseñada por Michel Rojkind, invita a descubrir diferentes expresiones de la uva Grenache, mientras que Jardín Botánico, liderado por la chef Carolina Jiménez, ofrece una experiencia al aire libre donde el fuego, los ingredientes frescos y los aromas de hierbas. (Fotografía: Cortesía )

Esta bodega –que forma parte del complejo del hotel– está íntimamente ligada a la experiencia ofrecida a los visitantes. Su estructura circular integrada por arcos recuerda las vasijas de barro en las cuales se guardaba el vino en la antigüedad. Fue imaginada por el arquitecto Michel Rojkind y es el telón de fondo obligatorio de las fotos del recuerdo, sea en la sala de cata, las bodegas o las mesas al aire libre.

Más allá del elemento espacial, recorrerla ofrece la oportunidad de explorar las distintas expresiones de la uva Grenache en vinos espumosos, blancos, rosados y tintos que cuentan la historia del terroir y también permiten encontrar el favorito para cada paladar. La producción de la bodega es más bien pequeña y provee principalmente a los restaurantes del hotel y a los visitantes que quieran llevarse un par de botellas a casa. El patio central sirve también como un espacio para exhibir las obras de artistas locales que van rotándose con cierta periodicidad.

Jardín Botánico

Ubicado a un costado de Pictograma y rodeado de un jardín de plantas como eucalipto, lavanda y otras especies locales, este espacio lleva la firma de la chef Carolina Jiménes, quien también es la mente detrás del restaurante primitivo. Sentarse en sus mesas, bajo una pérgola de madera, remite a días de campo que uno quisiera que no se acaben. El corazón de la cocina es una parrilla en la cual se preparan los alimentos, por lo cual el humo es el hilo conductor de un menú en el que destacan los ostiones rasurados con un puré de nopal tatemado, el short rib o las costillas norteñas.

La carta de bebidas incluye cócteles clásicos y otros preparados a base de las hierbas y botánicos –salvia, menta y romero, por poner algunos ejemplos– que se tienen disponibles en los alrededores. El único postre del menú –un plátano macho caramelizado acompañado de queso cotija, crema de salvia, crumble y helado de vainilla– es la prueba de que bastan buenos ingredientes bien elegidos para crear delicias sin pretensiones.

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