En la bahía Culebra, frente a la península Papagayo, Costa Rica, el hotel El Mangroove es un oasis de lujo y hospitalidad donde la gastronomía dialoga con la jungla y la biodiversidad de playas y costas.
Vista panorámica del hotel El Mangroove y de parte de la bahía Culebra, en la costa oeste de Costa Rica.(Cortesía)
Daniel González
Al término de la Segunda Guerra Mundial, con el mundo dividido en dos grandes bloques y la Guerra Fría marcando el ritmo político global, un pequeño país centroamericano tomó una de las decisiones más disruptivas de la historia del continente.
En 1948, tras una durísima y sangrienta guerra civil, José Figueras Ferrer, líder de la junta fundadora de la Segunda República, anunció al mundo que Costa Rica eliminaría su ejército, transformando para siempre la idiosincrasia del país. La decisión no solo definió el mito fundacional de Costa Rica, sino que transformó para siempre la idiosincrasia nacional. “Las armas que antes se dirigían contra el pueblo ahora estarán al servicio de las escuelas y los hospitales”, le dijo Figueras Ferrer a la nación. Y cumplió.
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Vista panorámica del hotel El Mangroove y de parte de la bahía Culebra, en la costa oeste de Costa Rica.(Cortesía)
A partir de entonces, el presupuesto militar, una de las partidas más importantes del estado, se redireccionó hacia la educación y el bienestar social, aumentando de paso la esperanza de vida de sus ciudadanos, así como sus niveles de alfabetización, más cercanos a los de democracias consolidadas que a los de países de su entorno, sumidos casi todos ellos en oscuros tiempos de guerrillas, paramilitares y guerras encubiertas que llegan hasta nuestros días.
La desmilitarización se convirtió en una de las marcas emblema de un país que a partir de entonces redirigió sus estructuras políticas hacia la neutralidad activa. “La Suiza de Centroamérica”, repetían los medios de comunicación cuando su gobierno ejercía como fuerza mediadora en los infinitos conflictos internos (El Salvador, Nicaragua, Honduras, Guatemala) que asolaron Centroamérica durante la segunda mitad del siglo XX.
Pero no solo la educación y la sanidad se beneficiaron de la decisión. Poco a poco, Costa Rica se enfocó en proteger su principal atractivo económico. En un país sin petróleo, con una producción agrícola incapaz de competir con la de gigantes como Brasil, Argentina, Colombia o México y una población total inferior a la de ciudades como Londres, París o Roma, los dirigentes apostaron por la naturaleza como catalizadora de la economía. Así, entre 1970 y 1990, Costa Rica se convirtió en un epicentro mundial para la protección de la biodiversidad y la ecología, lo que facilitó la llegada de inversión extranjera directa y la llegada de organismos multilaterales como la Corte Interamericana de Derechos Humanos, con sede en San José, su capital.
Estar ahí, en contacto con el medio ambiente, en el que es quizá el lugar más biodiverso del mundo, es una manera de comprender que la relación del ser humano con su entorno puede ser sostenible
Todo esto rondaba mi cabeza antes de disfrutar de un día de mar por los alrededores de El Mangroove, hotel de la línea Autograph Collection de Marriott, un oasis de lujo, hospitalidad y delicada gastronomía ubicado en la parte continental de la bahía de Papagayo, justo enfrente de la archiconocida península homónima. Bueno, en eso y en Michael Crichton, escritor, socio de Steven Spielberg, productor y guionista cinematográfico y autor de Parque Jurásico, la novela más vendida de 1990 y punto de partida de la obra maestra con la que tres años después el director de Tiburón, Indiana Jones y ET, entre muchas otras, volvió a destrozar las taquillas de todo el mundo.
Crichton, científico y literato a pares iguales, decidió localizar la historia principal de su libro más vendido en Nublar, una isla ficticia ubicada a varios centenares de millas de suelo continental costarricense. Evidentemente, durante nuestro trayecto de aquel día en busca de ballenas y delfines por la costa del Pacífico norte del país no observamos triceratops, braquiosaurios o velocirraptores, tampoco helicópteros de la compañía InGen ni a nadie parecido a David Attenborough, pero sí nos los imaginamos. Y lo hicimos porque es el pensamiento más orgánico que a uno le puede llegar a la mente en un entorno como el que se nos mostraba.
Ante nuestros ojos, la isla del Mono, una roca que funge como puerta de entrada a las calmas aguas de la bahía Culebra (que también nos recordó a los escenarios de Congo, otra de las grandes novelas de Crichton) y poco después, la magnificencia natural de un país único en el mundo. Ese día navegamos, nadamos, observamos tortugas gigantes desplazándose con la seguridad de estar a salvo del humano depredador y disfrutamos de las vistas hipnotizantes del Parque Nacional de Santa Rosa, uno de los paisajes más espectaculares y vivos que uno haya visto jamás, antes de botanear y darnos un chapuzón en una entrada de mar tan turquesa como un cliché y de regresar a nuestro punto de partida, la playa de arena negra volcánica que envuelve los alrededores de El Mangroove.
Allí nos hospedaríamos durante cuatro días para disfrutar de un entorno único, una oferta gastronómica de primer nivel y un spa exterior ubicado en medio de un manglar que resultó tan onírico como el avistamiento de pterodáctilos, aunque, en este caso, tan real como la vida misma. Ya de regreso en la barra del bar de la alberca (imprescindibles su negroni y su infinita carta de rones añejados en diferentes barricas) era tiempo de disfrutar de las instalaciones de un hotel enfocado en el aislamiento, tanto intelectual como físico. La sensación de lejanía cataliza siempre el descanso y en El Mangroove el axioma se hace vívido.
Con amplias habitaciones con vistas a un vergel en el que la biodiversidad animal convive sin problemas con la presencia humana y poco después de una reparadora siesta en una de las hamacas que el hotel pone a disposición de sus huéspedes en todas y cada una de las habitaciones, era el momento de disfrutar de la gastronomía local, concentrada, especialmente, en esa suerte de alquimia culinaria que que representa el sancocho, plato humilde y sofisticado a partes iguales que también es uno de los grandes símbolos de Costa Rica.
Pero no solo de comida local se sobrevive en El Mangroove. El sándwich cubano con mayonesa gravy, la pesca del día frita o los ceviches de inspiración mexico-peruana de Matiss; el short rib braseado acompañado de crujientes hojas de kale y un untuoso aligot y la causa del golfo (un sashimi de pescado sobre puré de papa con ají, salsa de ajo, perejil y cúrcuma), ambos de Makoko, o los arroces y pizzas de Malú valen por sí mismos una vista a El Mangroove.
Y tras la pantagruélica propuesta, aún restaba tiempo para disfrutar de una experiencia casi religiosa. Sucedió la última noche, con una luna no demasiado brillante en la misma bahía de Culebra, frente a la península Papagayo. En ese mismo lugar, una vez acontecido el anochecer, el mar comienza a brillar con una intensidad de inspiración alienígena. Es la llamada bioluminiscencia, un fenómeno de luces naturales producido por el plancton en suspensión que emite destellos blancos, azules y verdes y solo puede disfrutarse con unas gafas de snorkel y unas aletas.
¿Lo mejor? Ninguna cámara creada por el hombre, tampoco ningún celular de última generación, es capaz de captarlo con sus lentes. Estar ahí, en contacto con el medio ambiente, en el que es quizá el lugar más biodiverso del mundo, es una manera de comprender que la relación del ser humano con su entorno puede ser sostenible. Un milagro natural que, en Costa Rica, la gran reserva de América junto a la Amazonía, se convierte en un espectáculo para recordar. Pura vida, pues.