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Nuestras Historias

La ruta del río que emana vino

Recorrer la Ribera del Duero durante una semana es la oportunidad –para los expertos y los recién iniciados– de adentrarse en el mundo de la enología y sus interminables secretos.
sáb 20 agosto 2022 10:00 AM
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El despacho Foster + Partners, encabezado por el arquitecto Norman Foster, estuvo a cargo del diseño de la bodega de Portia, un complejo localizado en Burgos.

Hay muchas maneras de aproximarse a la que probablemente sea la región vinícola más famosa de España. La primera, por simples fines de ubicación espacial, tendría que ser desde la perspectiva geográfica. Se trata de una franja de unos 110 kilómetros de largo y 35 kilómetros de ancho que corre a lo largo de la cuenca del río Duero, atravesando las poblaciones de Soria, Segovia, Burgos y Valladolid, todas comprendidas dentro de Castilla y León. En su extremo este se localiza San Esteban de Gormaz y en el oeste, Quintanilla de Onésimo.

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Con todos estos datos procesados, llega entonces la segunda forma de aproximación: la visita. Llegar a Peñafiel –en las inmediaciones de Valladolid– una mañana de finales de marzo es lo mismo que enfrentarse a las bajas temperaturas de una de las regiones con el clima más radical del país. Los inviernos son largos y rigurosos –los termómetros pueden llegar hasta los -20oC– y los veranos secos y calurosos, marcados por temperaturas de más de 40oC. Estas condiciones tan extremas, conjugadas con las características del suelo y los estrictos métodos de cultivo, cosecha y vinificación han hecho que, en apenas 40 años, esta Denominación de Origen se haya convertido en una de las más respetadas y reconocidas del mundo.

Por delante quedan cuatro días para recorrer la zona, pero no hay tiempo que perder. El plan es ambicioso –el itinerario incluye visitas a cinco bodegas por día, además de comidas y cenas que prometen deleitarnos con platos de la región servidas en restaurantes como Taller, con una estrella Michelin, o espacios parecidos a los típicos txokos del País Vasco– y nuestros anfitriones están ansiosos por recibirnos y compartir con nosotros todo su conocimiento sobre el vino, sobre esas uvas tempranillo que cuidan con tanto esmero y, más que cualquier otra cosa, sobre su conexión con la tierra.

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Escucharlos hablar del terroir –de sus capas de arena y arcilla, de sus elementos calizos y calcáreos– mientras recorremos algunas de sus parcelas más excepcionales, también es entender la importancia de los ciclos naturales y que aquí no hay cabida para la improvisación. Todo se hace por una razón (la manera en que se plantan las vides, la distancia entre ellas, la forma de recoger las uvas) y todo tiene un momento preciso (la poda, la cosecha, la vinificación).

El respeto al legado es la base de todo y se confirma una y otra vez, ya sea en la Bodega Hermanos Sastre, Balbás, Matarromera, Dominio de Atauta, Arzuaga, Bosque de Matasnos, Nabal o Portia. Pero no hay que perder de vista el punto de partida, según afirma Peter Sisseck en las instalaciones de Dominio de Pingus, el proyecto que inició en 1995 y que lo consagró como un rockstar de la enología: “Cuando la uva es buena, tienes que hacer muy poco para obtener buen vino. La elaboración es el soporte del buen trabajo que hemos hecho en la viña”. Dejar que el vino nos inunde el paladar y la nariz es la tercera vía de aproximación.

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De las notas frutales y ligeras de los vinos jóvenes, a la elegancia, la complejidad aromática y la potencia de los vinos de guarda, las posibilidades se abren ante uno y van marcando el camino para encontrar nuestros favoritos. ¿Acaso será un Balbuena de Vega Sicilia o un Grajo Viejo de Protos? ¿Tal vez un Reserva Edición Especial Sergio Hernández de Lleiroso o un rosado de López Cristó- bal? Las elecciones son tan personales como correctas.

La contemplación de la arquitectura es otra puerta de entrada a este mundo. Los proyectos de Norman Foster para Portia y de Richard Rogers para Protos contrastan con bodegas más modestas, pero no por eso menos dedicadas a la producción de vinos con alma. Y entonces vuelven a mi cabeza las palabras que Juan José Balbás nos dijo mientras recorríamos su bodega: “El vino es un ser vivo y, como tal, puede hacer lo que le da la gana, para bien y para mal. Ahí radica su grandeza”. Entonces y según lo aprendido, el vino requiere tiempo, paciencia y las mejores uvas. Todo indica que en este punto del planeta no hay escasez de ninguna.

 

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