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Diego Luna tiene una pregunta

Diego Luna se despierta cada día con la misma pregunta: qué significa el hueco que carga desde los dos años. Con Ceniza en la boca, la hace cine, y pide verlo en sala.
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Diego Luna estrena Ceniza en la boca el 5 de noviembre, tras pasar por Cannes, San Sebastián y Morelia. (Fotografías: Cortesía)

“Siempre acabo hablando de las ausencias familiares”, admite Diego Luna. Y entonces se le tensa un poquito el que a punta de inteligencia, fe, grooming y buena iluminación terminara por devenir un rostro de estrella de cine. Y entonces se le extravía la mirada, y se la subraya la arruga de la mejilla izquierda, y confiesa cuánto lo ha marcado esa orfandad que le llegara antes que a la gran mayoría, con la muerte de su madre, la diseñadora escénica Fiona Alexander, en un accidente automovilístico acaecido en 1982, cuando contaba apenas 34 años. “Es la pregunta con que sigo despertándome todos los días de mi vida”, confiesa: “¿qué significa este hueco que cargo desde que tengo dos años?”.

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Para el gran público, Diego es un actor famoso: el de Y tu mamá también para esos charolastras que hoy peinan (o pintan) canas, el de Andor para una generación que ha crecido creyendo que el avatar único de lo audiovisual son iteraciones de franquicias que pasan de la gran pantalla a la mediana y de la mediana a la de bolsillo. Otros, sin embargo, le reconocemos un estatuto de fuerza cultural y aun política: un hombre de cine –y de teatro, y de tele, y de libros: es socio de la editorial Sexto Piso– que modela el debate público continental lo mismo cuando sustituye al anfitrión de un late night show que cuando produce un documental sobre periodistas desaparecidos o cuando estelariza –¡y cantando y bailando con J. Lo!– un musical de origen teatral que encierra poderosos statements políticos.

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La película adapta la novela de Brenda Navarro: una joven viaja a España para reencontrarse con la madre que la dejó. (Fotografía: Cortesía )


Su trabajo como director no es elemento menor de esa ecuación, y dista mucho de ser un ejercicio para la mano izquierda ante una filmografía que incluye ya dos series y cuatro largometrajes de ficción –amén de varios trabajos documentales–, tres de los cuales exploran las dinámicas que se dan en familias pequeñas y truncas: así Abel (2010), sobre un niño con un trastorno esquizoide que toma el lugar del padre que lo abandonó, Mr. Pig (2016) sobre un padre y una hija que reparan su relación en buena medida gracias al tercer integrante de su familia disfuncional –un cerdo–, y ahora Ceniza en la boca (2026), basada en la novela homónima de Brenda Navarro sobre una joven de clase media baja que viaja a España para reunirse con la madre que la abandonara en México ocho años antes en un afán por buscar mejores oportunidades.

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Conozco a Diego hace un par de décadas. Me ha invitado a ver sus obras y películas y ha aceptado mis invitaciones a participar en foros de discusión en la FIL. Me ha prodigado el gusto de venir a conversar a mi podcast y conferido el honor de confiarme un cameo actoral en una serie suya. He disfrutado verlo en The Terminal y en Sólo Dios sabe, en Festen y en El buen canario, en A Rainy Day in New York y en La máquina. Y sin embargo mi mayor privilegio a lo largo de esos años es haber atestiguado su crecimiento como director dotado de una voz propia y única, con gran capacidad de interpelación, lo que se ve confirmado por la cinta que conoce su estreno este 5 de noviembre tras recorrer los festivales de Cannes, San Sebastián y Morelia y ganar el premio a Mejor Guión en el de Roma. Dotada de perspicacia psicológica, ritmo sostenido, pertinencia política y momentos de verdadero lirismo narrativo –piense en mí el espectador cuando vea la tremenda, excitante, vivificante secuencia del balcón–, Ceniza en la boca confirma a Diego Luna como lo que es: artista más que estrella, creador antes que intérprete, cineasta.

Creo que a estas alturas ya podemos liberarte del cliché del actor que en realidad lo que quiere es dirigir: eres ya un director con todas las de la ley. ¿Es tu day job y además actúas, o es al revés?

Sin duda de todo lo que hago es lo que más de mi tiempo ocupa en términos profesionales: ya que empieza a girar la cabeza así, es difícil detenerla. Y al revés: cuando actúo estoy muy pendiente del proceso de los directores: el engranaje alrededor del set me parece muy interesante, aprendo, tomo nota y pienso en cómo utilizar –o no– lo que estoy viviendo como actor. Producir también es lo mismo: hasta más interesante porque entonces me toca acompañar el proceso desde el inicio y atender las dinámicas de trabajo de otros.

Actuar es, creo, una escuela esencial para dirigir. Cuando he sentido que las cosas fluyen mejor en el set es cuando los directores tienen conciencia de lo que significa pararse ahí como actor, de lo que representa, además, para un actor, exponerse, dejarse ir, ser realmente útil al proceso. Los directores que son conscientes de eso crean ambientes donde pasan cosas, accidentes muy útiles.

Yo diría que para dirigir no hace falta ser actor pero sí ponerse un día ahí, nada más para entender. Y producir me dio las herramientas que quizás no obtuve en la escuela. Para mí Andor, por ejemplo, fue una escuela increíble: seis años de producir y actuar y ser testigo, en cada temporada, del trabajo de tres directores. Y además tratar de proveerles lo necesario para que la cosa llegara a buen puerto. Producir fue lo que me hizo agarrar valor y atreverme.

Cuando te acercaste a Sexto Piso, ¿querías echarle la mano a un lindo proyecto de unos amigos, o estabas a la caza de historias que te sirvieran como director y como productor?

Tuvo más que ver con la amistad profunda que tengo con [el cofundador y ex codirector de la editorial] Diego Rabasa. Ahí más bien era el lector que quería celebrar un proyecto, y acompañarles. Una de las primeras cosas que hicimos fue el libro de [el montaje teatral de] El buen canario: fue muy lindo decir “Que quede una huella, un registro del teatro, que se desvanece, se acaba y se olvida”, y que además nos hiciera a los que participamos escribir sobre la experiencia.

¿Cómo te topaste Ceniza en la boca?

Porque la pusieron en mis manos Diego y José Hamad, editores del libro. Estaba yo haciendo [el programa de panel de Prime Video] Pan y circo y teníamos un capítulo que se llamaba "Discriminar en español"; me pusieron ese libro en las manos y me dijeron "Mira, te va a servir leer este libro antes de hacer tu programa". Y me sirvió muchísimo.

Me movió, me sacudió pero fue hasta tiempo después que, platicando con Diego, dijimos "Aquí hay una película".

Si digo que ya eres un director con todas las de la ley es porque tienes un universo y un estilo. En tu universo la familia es importante; la familia pequeña, y ciertas dinámicas muy contenidas y a menudo asfixiantes de las familias. Pero la migración también es importante; el viaje es uno de sus elementos. ¿Identificaste desde entonces en Ceniza en la boca esos vasos comunicantes con tu universo?

Sin duda. Para mí resulta obvio cuando algo me resuena a nivel íntimo, personal, y cuando no; cuando simplemente soy testigo de algo que me parece interesante. Fantasear sobre las distintas repercusiones de una ausencia materna o paterna siempre me ha parecido muy interesante; me encuentro muy útil en términos creativos ahí porque me la he pasado fantaseando con eso toda mi vida. Me permite seguir indagando, profundizando y cuestionándome.

He ido encontrando el tipo de cine que me permite hacer eso. Quizás la vez que más me salí del carril fue con César Chávez (2014), pero en general filmo historias íntimas y de una escala pequeña, que me permitan ser paciente y atestiguar la cotidianidad familiar en contextos que conozco. Mr. Pig es una fantasía del viaje que nunca hice con mi padre: hablar de todas las respuestas que no llegaron, que tienen que ver con la ausencia de mi madre, u hoy con la ausencia de mi padre. Ceniza en la boca me da esa oportunidad con la historia de una hija que se mueve para encontrarse con su madre, lo que le permite cuestionarla, cuestionar. Es la fantasía de una conversación que yo nunca tuve.

¿Conecta también con tu propia migración?

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Fotografía: Cortesía

Cada migración es su propia historia y su propio universo. A pesar de que no puedo comparar la mía con esas migraciones forzadas, que no tienen de otra —yo siempre me he movido no sólo con la certeza de que regresaré, sino además de que podría regresar antes si quisiera—, en todas las migraciones existe una sensación de soledad, huecos que se quedan, historias que se crean entre los que se quedan y los que se van. La soledad con que despierta alguien que vive en un lugar que le recuerda que no es de ahí es algo que conecta a todas las personas que se mueven.

Pero además los protagonistas de Ceniza en la boca vienen de un relativo privilegio: no se fueron de mojados, no se los llevaron los polleros. Es una migración de clase media baja, en la que tan pueden regresar que, cuando muere uno de los personajes, regresan a traer las cenizas. Incluso así la experiencia resulta muy cuesta arriba.

Lo que me pareció interesante –y de ahí la idea de quedarse en la perspectiva de Lucila, la protagonista, y seguir su punto de vista– es que, a pesar de que muchas veces las migraciones se explican por causas de fuerza mayor, en este caso lo que expulsa a la madre es la violencia familiar: un núcleo familiar que no permite desarrollarse, que no permite la libertad. Ella no puede ser consciente de eso hasta que su libertad es cuestionada, hasta que regresa como mujer dueña de una independencia y una autonomía a un núcleo familiar que la recibe pero ya no la deja hacer, ni ser quien ella quiere ser.

A mí me gusta a veces plantear que los personajes tienen una pregunta que atraviesa su trayecto por la historia. La gran pregunta que tiene Lucila es “¿Por qué se fue mi mamá?”, que para mí es una pregunta casi imposible de responder. ¿Cómo va un niño a entender que la mejor versión de su vida es con su madre o su padre lejos? Es imposible, es contranatura. Y ella se hace esa pregunta hasta que regresa a México y algo la acerca a su madre sin tenerla ahí. La experiencia le hace sentir cabrón “Creo que entiendo por dónde iba mi mamá": está lista para ir a su encuentro al final.

Regresa además a un país que ya no existe, lo que también es muy cabrón. El país entra en un proceso de descomposición terrible en lo que ella se va: el narco está infiltrado en todas partes, las desapariciones forzadas son algo que sucede todo el tiempo. Ya no reconoce realmente su país cuando regresa. Lo que propone el libro es una parábola perfecta: una comunidad militar –un último bastión de certezas y de seguridad– que cuando ella regresa ya está completamente infiltrada. Esa burbuja que ella recuerda ya no existe y está llena de grietas, lo que le da una sensación de desamparo que no tuvo cuando se fue.

El libro pone a Lucila en varias posiciones de la migración en su trayecto: primero es la que se queda, después la que se va, al final es la que regresa. Eso nos permite hacer un comentario sobre todas esas posiciones que la migración incluye: la de quien ve a su madre irse y tiene que explicarse y solucionarse la vida sin ella; después la que se va y deja algo atrás, con esa culpa que significa también dejar el núcleo que te ha sostenido; y después, la que regresa y no reconoce el lugar al que vuelve.

¿Ceniza en la boca es especialmente relevante al momento que vive México?

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"Cada que compras un boleto mandas un mensaje a la industria", dice Luna sobre la importancia de verla en salas. (Fotografía: Cortesía )

La película trata sobre la cotidianidad de una migrante que ya está en otro lugar: habla de los retos diarios, de las violencias, de los rechazos velados que enfrenta día a día. Nos cuesta mucho trabajo ponernos en los zapatos del otro, y la migración está creando mucha incomodidad. Hay discursos xenófobos, violentos, de muy poca tolerancia, muy ignorantes, que se encienden unos a otros, que van ganando terreno. Parece haber un orgullo ante esa ignorancia; lo que pasó con Trump en Estados Unidos se replica en otros lados: "Sí, sí soy ignorante, ¿y qué?". Y de repente es bueno recordar que cuando nos ponemos en los zapatos del otro, cuando estamos abiertos al entendimiento, podemos ser una mejor versión de nosotros.

¿Por qué hay que ver esta película en particular en salas?

Primero, porque está diseñada para verse en comunidad. La película busca crear una discusión colectiva, una reflexión colectiva.

Después, porque la filmamos muy bonito y nos tardamos un chingo en hacer esos planos, y se tiene que ver de ese tamaño: cuando los ves chiquitos pierdes la sensación de la relación que tiene Lucila con su contexto, de lo aislada que está. Y porque el diseño sonoro que hicimos no se oye si estás en el teléfono y además hay ruido alrededor; te cuenta mucho sobre su estado anímico.

Luego, porque para hacer cine la gente tiene que ir al cine: si no, al rato ya nada más vamos a hacer televisión. Si te gusta el cine, hay que ir al cine. Cada que compras un boleto mandas un mensaje a la industria; le dices "Yo quiero tener la oportunidad de ir al cine".

A mí el cine me ayudó a forjar quién soy: es un espacio público que hay que defender. Es increíble tener acceso a todo lo que tenemos con nuestros aparatos, pero hay algo que sólo pasa en el cine: una pausa para reflexionar, para interiorizar, para proyectarte ahí. Al cine hay que ir no por comprar boletos, sino por lo que pasa ahí dentro.

Una versión de esta entrevista será transmitida en el noticiario Loret en Latinus.

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