La mayoría de los actores sueñan con un personaje durante años y, cuando por fin lo consiguen, descubren que el sueño venía con un detalle incómodo. A Alexander Skarsgard le pasó con Wicker. La idea de convertirse en el marido de mimbre que enamora a una aldea entera (y de paso a las redes sociales) estaba bien, pero al ponerse el traje, lo primero que sintió fue "pánico y claustrofobia".
Alexander Skarsgard se metió en un cesto de mimbre y casi no sale vivo del intento
Un marido tejido a mano
La película, que llega a los cines este fin de semana, adapta el cuento "The Wicker Husband", de Ursula Wills-Jones. La historia ocurre en una aldea medieval y patriarcal donde cada quien responde a su oficio: el cestero, la pescadora, y así. Olivia Colman es la pescadora, una mujer a la que el pueblo castiga por todo lo que se supone que no debería ser: independiente, soltera y, según los vecinos, con olor a pescado.
Su respuesta es pedirle al cestero, interpretado por Peter Dinklage, que le fabrique un esposo de mimbre. Un mes después aparece, alto, fornido y tejido con paciencia obsesiva. Lo que pasa a partir de ahí, dentro y fuera de la casa, se vuelve el chisme del pueblo: los maridos se resienten ante un ejemplo que no pueden igualar y las esposas miran con envidia lo que les falta.
Detrás de la cinta están Eleanor Wilson y Alex Huston Fischer, también pareja en la vida real. Según ellos, la fábula les permitió hablar de la envidia y de cómo ésta puede corromper el amor sin caer en el sermón. Si lo contaran en tiempos modernos, aseguran, sonaría demasiado didáctico.
Actuar debajo de la máscara
El diseño del marido quedó en manos de Weta Workshop, el estudio neozelandés detrás de El señor de los anillos y Avatar. Los tejidos del rostro se articulan con las facciones de Skarsgard, pero la máscara iba pegada a su cara, así que cualquier sutileza se perdía. Su solución fue exagerar cada gesto, algo que en los ensayos lo hizo sentirse como un payaso. El traje, además, era pesado y caluroso, y no había forma de quitárselo ni para comer ni para respirar un poco.
Colman, sin embargo, no tiene dudas del resultado. Para ella, lograr amor, matices y humor a través de una cesta es "básicamente increíble", y destacó la humildad con la que su compañero se entregó al personaje.
Cuando Ikea entró a la conversación
El rodaje arrancó con las escenas más apasionadas, esas que desvelan a la aldea y que terminaron volviéndose virales. Tanto, que Ikea aprovechó para promocionar sus muebles de ratán con un guiño: "hechos con material de marido". Skarsgard lo resume sin complicarse: hay pasión e intensidad, pero también mucho humor, calidez y diversión.
Al final, quizá esa sea la mejor prueba de que la apuesta funcionó. Un hombre de mimbre, una mujer que no pide permiso y un pueblo que no puede dejar de mirar: la fórmula perfecta para reírnos de los demás mientras, sin querer, nos reconocemos un poco.