El año 2025 no será recordado como aquel en el que los superhéroes volvieron a dominar sin esfuerzo, sino como el año en el que el terror, en toda su gloria visceral y a menudo de bajo presupuesto, se convirtió en el evento cinematográfico por excelencia.
Mientras gigantes como Thunderbolts*, de Marvel Studios, tropezaban sin lograr el impacto esperado y avivando las llamas del debate sobre la fatiga del género, una nueva (y vieja) guardia de monstruos, demonios y asesinos en serie reclamaba el trono de la taquilla y, lo que es aún más importante, de la conversación viral en redes sociales.
LA ANATOMÍA DE UN SUSTO TAQUILLERO
Para entender el fenómeno de 2025, es crucial mirar hacia atrás. A lo largo del año anterior, ya se habían sentado las bases, demostrando que el terror era una apuesta segura en un mercado volátil. Películas como Alien: Romulus, con una recaudación mundial de más de 350 millones de dólares, y A Quiet Place: Day One, superando los 261 millones, demostraron que las franquicias de terror, cuando se manejan con cuidado, siguen siendo inmensamente populares. Incluso cintas más pequeñas y originales como Longlegs, con su brillante campaña de marketing y la escalofriante actuación de Nicolas Cage, se convirtieron en fenómenos rentables, recaudando más de 126 millones de dólares con un presupuesto modesto.
Estos éxitos de 2024 fueron el preludio perfecto. Demostraron que había un apetito voraz por el género que no dependía de presupuestos de 200 millones de dólares ni de complejas conexiones interdimensionales. El público quería sentir algo, y el terror, en su forma más pura, ofrece precisamente eso: una reacción catártica e innegable.
Avancemos rápidamente hasta este 2025, un año en el que la taquilla general mostraba signos de recuperación, con proyecciones que apuntaban a un aumento del 8 por ciento en los ingresos globales en comparación con 2024. Sin embargo, la distribución de ese éxito fue de lo más reveladora. Mientras películas como la adaptación de Lilo & Stitch y el reinicio de Superman de James Gunn cumplían con las expectativas y se consolidaban como éxitos comerciales, fue el terror el que generó los márgenes de beneficio más asombrosos y el buzz cultural más duradero.
EL EVANGELIO SANGRIENTO DE SINNERS
La primera gran sacudida del año llegó con Sinners, la esperadísima película de Ryan Coogler que reunía al director con Michael B. Jordan, su actor fetiche. Lejos del reino de Wakanda o los cuadriláteros de Filadelfia, Coogler se sumergió en el gótico sureño con una historia de vampiros ambientada en el Mississippi de los años 30, durante la era Jim Crow.
Sinners fue mucho más que una simple película de terror; fue un evento cultural. Con Jordan interpretando a dos hermanos gemelos que abren un local de blues que atrae a una clientela no-muerta, la película era a la vez un thriller de acción, un musical y un incisivo comentario social sobre la apropiación cultural y el racismo en Estados Unidos. La crítica la aclamó como una obra maestra transgresora, una película que utilizaba el género para explorar temas complejos de una manera que el cine de gran presupuesto rara vez se atreve.
El público respondió con un fervor casi religioso. Sinners no solo debutó con unos impresionantes 48 millones de dólares en Estados Unidos, sino que demostró una resistencia en taquilla asombrosa, rompiendo el récord de la menor caída en el segundo fin de semana para una película de terror, una hazaña previamente ostentada por Get Out, de Jordan Peele.
Su recaudación final superó los 365 millones de dólares a nivel mundial, convirtiéndose en un titán de la taquilla y en la vara con la que se medirían todas las demás películas de terror del año. Su éxito no se basó en una fórmula preexistente, sino en la visión singular de un autor y en la voluntad de Warner Bros. de apostar por una idea original y audaz.