La semana pasada escuchaba, por segunda vez, un podcast en donde hablaban, con exceso de detalles, sobre Bryan Kohberger, el asesino de los cuatro estudiantes de Idaho. Inevitablemente surgió la duda: ¿por qué el true crime se ha convertido en uno de mis temas favoritos? ¿Por qué consumir contenido sobre trágicos asesinatos a manos de psicópatas a lo largo de la historia se ha convertido en una actividad que podría hacer en cualquier momento?
¿Por qué nos gusta tanto el true crime? Esto dice la psicología
No me juzgo. Si fuera la única que tuviera este mórbido pasatiempo, los podcasts, series y escritos sobre asesinos seriales no serían tan exitosos. Ahora la duda es: ¿por qué este contenido es tan popular? Claramente tiene una explicación lógica e incluso psicológica, y esto es lo que dicen los expertos al respecto.
El true crime no es nuevo, solo cambió de formato
Empecemos por aclarar que el true crime, así como los asesinos seriales, no son cosa nueva. Bajo un nombre u otro, llevan existiendo desde mediados del siglo XIX. Es, en esencia, la evolución de una fascinación humana por el morbo y el peligro. Lo que hoy consumimos mientras hacemos nuestras tareas diarias, antes requería que la gente se vistiera de gala para tomar su lugar frente a la horca.
Las ejecuciones públicas eran el evento social por excelencia. No había pantallas, pero el morbo se saciaba en vivo. Ahorcamientos, decapitaciones y linchamientos como eventos masivos cumplían dos funciones: el entretenimiento de una sociedad con pocas opciones de ocio y un recordatorio moral y estatal de lo que ocurría si rompías las reglas.
Con la introducción de la imprenta, la fascinación se trasladó al papel. En el Londres del siglo XIX surgieron los Penny Dreadfuls, publicaciones baratas que narraban historias de terror y crímenes, como las relacionadas con el bien conocido Jack el Destripador.
Más tarde, ya en el siglo XX, autores como Truman Capote elevaron el género a la literatura, demostrando que un crimen se podía diseccionar y relatar con escalofriante detalle.
Ahora volvamos al presente: la radio, la televisión, el cine y, ahora, los podcasts y las series de plataformas de streaming nos acercan a estos crímenes que siguen acumulando seguidores. Quizá ya no en una plaza pública, sino desde cualquier lugar.
La psicología detrás de escuchar true crime
Más que un simple ejercicio voyeurista, el género de crimen real ofrece a quienes lo consumen un encuentro controlado con la incertidumbre, el peligro y el desorden moral. También brinda una sensación de cierre: saber que atraparon al culpable puede generar una sensación de sentido, orden y justicia en un mundo que casi siempre se siente caótico.
A nivel psicológico, el consumo de true crime va mucho más allá de la perversión: el cerebro busca entender la mente del criminal para identificar señales de peligro.
Una forma de explicarlo es la teoría del proceso oponente, desarrollada por los psicólogos Richard Solomon y John Corbit. Según esta teoría, nuestras emociones funcionan en parejas opuestas y, cuando experimentamos un estímulo emocional fuerte, el cerebro activa dos fuerzas consecutivas.
El “Proceso A” (respuesta inicial) es la emoción inmediata que provoca el estímulo: miedo, asco, terror o ansiedad. Se presenta de forma rápida e intensa y dura lo que dura el estímulo. Después, el “Proceso B” (respuesta oponente) es la fuerza contraria que el cerebro activa para regular el exceso de emoción y devolvernos a la calma.
Llevado a esta situación, cuando una persona iba a un ahorcamiento en la época victoriana o cuando yo entro a un podcast de true crime, nuestro cerebro primero experimenta una respuesta nerviosa en la que el sistema nervioso simpático reacciona como si estuviera frente al peligro: el pulso aumenta, se liberan adrenalina y cortisol, y experimentamos miedo, asco o tensión moral.
Después nos damos cuenta de que, a diferencia de las personas que forman parte de la historia, nosotros estamos en nuestro hogar. Así, el cerebro entiende que no corremos peligro y comenzamos a sentir una oleada de alivio, satisfacción y relajación.
La teoría demuestra que, con la repetición, el Proceso A se debilita y el Proceso B se vuelve más rápido y fuerte. Por ende, después de escuchar cada uno de los capítulos de Leyendas Legendarias, ya te has desensibilizado: el miedo inicial casi no se siente, mientras que la necesidad de alivio y dopamina se activa con mayor fuerza.
Y, como con cualquier adicción, quienes escuchan true crime comienzan a necesitar casos más oscuros, sangrientos y perturbadores para lograr experimentar la misma respuesta emocional que sintieron cuando recién conocieron estos casos.
El true crime y las mujeres
El true crime no está dirigido a un público específico y, aun así, las mujeres han sido identificadas sistemáticamente como el público que más lo consume. La psicología explica esto como una función didáctica.
Las mujeres, que comúnmente aparecen entre las víctimas de asesinos seriales, no consumen contenido de crimen real solo para entretenerse, sino también como una forma de aprender a actuar ante situaciones de vulnerabilidad, riesgo y supervivencia.
Ven series y escuchan podcasts sobre psicópatas sádicos como Ted Bundy y Richard Ramirez para saber cómo identificarlos, cómo frustrar un posible secuestro y cómo evitar convertirse en víctimas, algo que las mujeres de esos casos a menudo no pudieron hacer.
Para una mujer, consumir true crime se asemeja a una forma de simulación de amenazas de bajo riesgo, que permite ensayar respuestas ante un peligro que esperamos no encontrar en la vida real.
La realidad es que, a diferencia de otros géneros, el true crime invita a quienes lo consumen a investigar desde casa, crear teorías conspirativas y compartir conversaciones al respecto.
Entonces, ¿será que la fascinación por el true crime está menos relacionada con la muerte y los asesinatos y más con la necesidad de encontrarnos unos a otros a través de estas historias? Yo creo que es un poco de ambos.