La premisa de la vida moderna parecía indiscutible: más rápido es mejor. La tecnología nos prometió eficiencia para liberar tiempo, pero paradójicamente ha devorado los márgenes de ocio que nos quedaban. Según la OMS, la salud mental ya no es un asunto privado, sino un derecho humano universal que se ve vulnerado sistemáticamente por las dinámicas de la híperproductividad. Consumimos en un solo día más de lo que nuestros antepasados procesaban en toda una vida, vivimos bajo la tiranía de la notificación, en un estado de alerta continua que los neurólogos describen como insostenible para la biología humana.
Florecer en la era de la inmediatez
La idea de “tener tiempo” se ha convertido en el máximo privilegio. Poder pausar, contemplar, hacer algo con lentitud (o simplemente no hacer nada) es hoy un lujo distribuido de manera desigual. La prisa no solo es un síntoma del sistema; es también un marcador social, un recordatorio de quién puede permitirse desacelerar y quién no.
Ante esta aceleración perpetua surge otra tendencia que no rechaza la tecnología per se, sino que reivindica la lentitud. Como advierte el filósofo Byung-Chul Han al hablar del “aroma del tiempo”, enfrentamos una crisis de prisa y de sentido: la vida se ha atomizado en instantes fugaces sin narrativa ni propósito. Esta primavera quisimos explorar cómo cuatro creadores han convertido lo manual y lo contemplativo en su trinchera para mantener la cordura.
REAPRENDER EL TIEMPO BIOLÓGICO
Para Alejandro Sainz, psicólogo en formación y fundador de Batú (@batu.mx), la crisis de ansiedad no fue una teoría académica, sino una vivencia física. Su incursión en el mundo de las plantas nació de una pasión estética y de una necesidad de supervivencia emocional en un entorno laboral abrumador.
“Hace un par de años, atravesaba una etapa de mucho estrés y ansiedad laboral. Trabajaba jornadas muy largas y sentía que me había desconectado de mí mismo y de lo que realmente disfrutaba”, relata Alejandro al recordar el punto de quiebre. Su testimonio refleja el de millones de profesionales que, atrapados en el vértigo corporativo, pierden la noción de sus propias necesidades básicas.
“Decidí dar un giro y buscar algo que me ayudara a recuperar la calma y apreciar más mi tiempo. Así fue como llegué al mundo de las plantas”. Lo que descubrió fue una lección sobre el ritmo. En un mundo digital donde todo ocurre a la velocidad de un click, la naturaleza impone una espera no negociable. “Cuidarlas se convirtió en una forma de terapia; observar su crecimiento, aprender a darles lo que necesitan, me ha ayudado a reconectarme con mi propio ritmo y bienestar”, explica.
Esta experiencia personal derivó en un emprendimiento y, posteriormente, en su formación en psicología Gestalt, buscando puentes entre los ciclos naturales y los procesos psíquicos. Alejandro sostiene una tesis contundente sobre la impaciencia moderna: “Trabajar con plantas y la salud mental van de la mano, ambas nos invitan a estar presentes, a observar, cuidar y crecer con paciencia y cambiar este chip que traemos de que todas las cosas deben ser al instante”, relata.
Según Alejandro, la clave terapéutica reside en la reciprocidad, en un intercambio de cuidados. Describe como un momento de conexión. “Cuando es día de riego me gusta imaginar que, así como yo las cuido a ellas, ellas también cuidan de nosotros. Siento que las plantas nos devuelven esa atención en forma de paz y equilibrio”, explica.
¿Su consejo para aquellos que buscan bajar la velocidad? No hacer nada más que mirar. “Detenerte a observar algo vivo; puede ser una planta, el cielo, un animal o incluso tu propia respiración”, recomienda. “Observar una hoja nueva que está por abrir me recuerda que todo tiene su propio ritmo y que no necesitamos correr para crecer. Es un recordatorio de que la calma también es una forma de avanzar”.
ELOGIO DE LA IMPERFECCIÓN (Y RENUNCIA AL CONTROL)
En la economía del conocimiento, el error se penaliza y la precisión suele ser la norma. Jessie Lewis, artista y cofundadora del estudio de cerámica KHE (@khe.quieres), ha encontrado en el barro un refugio contra la mente analítica y perfeccionista.
El acto de trabajar la arcilla induce un estado cognitivo distinto. Al ocupar las manos, la mente racional, esa que planifica y se preocupa, cede espacio. “Cuando estoy trabajando con mis manos o pintando, a veces (no siempre) llego a un estado profundamente meditativo, en que mi mente puede soltarse y dejo de controlar mis pensamientos”, describe Jessie.
Es un fenómeno conocido como flow, en el que la conciencia se fusiona con la acción. Jessie añade un matiz importante: “Mi mente va a lugares donde no iría si estuviera haciendo algo más analítico. Hay pocas otras actividades que me dejan soltar tanto”.
Pero el aspecto más desafiante de la cerámica, y quizás el más terapéutico, es su imprevisibilidad. A diferencia de muchas tareas modernas, la cerámica implica someter el trabajo al fuego, una variable que nunca se domina por completo. Jessie es categórica al respecto. “Es muy difícil que el resultado final sea lo que esperabas, entonces a veces la sorpresa que te sale del horno es otra parte de ese proceso creativo”, matiza.
Esta exposición constante al error y al accidente ha transformado sus expectativas. En lugar de buscar la pieza perfecta, Jessie ha aprendido a integrar el fallo. “Para mí la cerámica se trata mucho de happy accidents, decepción y aprendizaje”, confiesa. “Con eso he aprendido a aceptar la imperfección y hacerlo parte de la obra. Hacer arte me ha hecho una persona mucho más paciente y he aprendido cómo fluir más con la imperfección y aceptarlo como parte del camino”, añade.
Más allá de la paciencia, Jessie identifica una emoción primaria, casi olvidada en la adultez, que surge con la creación. “Cuando estoy creando y estoy feliz con cómo me está quedando algo, siento una emoción casi infantil”, dice. “Si pudiera definir en una palabra lo que siento al crear, tendría que ser ‘emocionada’. Recuperar esa chispa vital, a menudo apagada por la rutina, es un gran logro del arte manual”.
DESACTIVAR EL JUICIO Y HABITAR EL CUERPO
Fernando Funakoshi, ingeniero y bailarín en Somosona (@somasona.ensemble), trabaja con su propio cuerpo. Su perspectiva desafía el dualismo cartesiano que separa la mente de la materia. Para él, el movimiento no es una actividad física opcional, sino un mantenimiento esencial de la psique. “La conexión cuerpo-mente es poderosa y trabajan en conjunto – hasta se podría argumentar que son una misma”, afirma Fernando. “El movimiento corporal está ligado directamente con el bienestar y el mantenimiento de la salud mental”, continúa.
Sin embargo, Fernando observa una barrera cultural significativa. A medida que crecemos, internalizamos normas rígidas sobre cómo debemos comportarnos. El juego y el movimiento libre quedan relegados a la infancia o a contextos muy específicos (fiestas, escenarios), dejando al adulto promedio estático y desconectado. “Siento que la sociedad dicta comportamientos correctos o aceptables para adultos, y dentro de esas normas la exploración de movimiento es vista como algo infantil o ridículo”, critica. “La danza se ha convertido en algo para los profesionales o para las fiestas”, señala.
Esta autocensura corporal tiene un costo y es que cuando renunciamos al movimiento por vergüenza, también renunciamos a esa plasticidad neuronal y emocional. “Puede fortalecer o incluso crear conexiones sinápticas que hasta cierto punto nos rejuvenecen”, añade.
La propuesta que plantea Funakoshi consiste en democratizar la danza, despojándola de técnica y pretensión. “En mi día a día me encanta poner algo de música que me guste y simplemente sentirla y moverme sin prejuicios”, comparte sobre sus rituales personales. “Y este movimiento no tiene que ser una coreografía, puede ser simplemente explorar el movimiento de tus brazos, por ejemplo”, asegura.
Lo más radical de su planteamiento es la ubicación de estos rituales. No necesita un estudio de danza con espejos; reclama los espacios cotidianos, íntimos y públicos. “Más que nada hago esto en el metro o en la regadera... entonces existe esta posibilidad en los espacios más íntimos hasta en los más públicos”.
Ante la excusa común del “no sé bailar”, Fernando ofrece un diagnóstico empático: no es falta de habilidad, es miedo.
“Creo que cuando alguien dice que no sabe bailar refiriéndose a una inhabilidad de aprender algún estilo, muchas veces está ligado al miedo de hacer el ridículo, miedo al fallo; miedo al resultado, en definitiva”. “En mi mentalidad moderna o quizá posmoderna, yo opino que el proceso de bailar es para todos, solo es cuestión de permitirse experimentarlo”, concluye.
INSURRECCIÓN CONTRA LA CEGUERA
Nunca habíamos producido tantas fotografías y, al mismo tiempo, nunca habíamos mirado tan poco. Andrea Tejeda, fotógrafa, maestra y cofundadora de The Unperson Project (@theunpersonproject), utiliza la cámara para reaprender a ver. Su enfoque es filosófico y pausado, opuesto a la voracidad de las redes. “La fotografía es una manera en la que puedo pensar con el cuerpo y escribir con la mirada desde un espacio intuitivo”, define.
Para ella, la imagen es un proceso de digestión emocional que invierte la lógica racional: “Me permite sentir primero y entender después”.
A diferencia de la escritura, que está mediada por el lenguaje y la sintaxis, la fotografía le permite habitar el silencio. “La imagen me deja trabajar con silencios y gestos mínimos”, explica. Pero para lograr esto, es necesario un ingrediente escaso: la contemplación. Andrea desglosa este concepto con precisión quirúrgica. “Contemplar implica tres cosas fundamentales: estar presente, estar atenta y darle tiempo al proceso. Las mismas tres cosas también son indispensables para la salud mental”, relata.
En sus talleres, Andrea realiza un experimento sociológico constante. Pide a sus alumnos que observen a una persona antes de retratarla para confirmar la subjetividad de la experiencia humana. “El resultado siempre se repite y nunca deja de sorprenderme, porque ninguna fotografía se parece a otra. Ese ejercicio condensa algo importante que para mí ha significado una gran lección: cada uno mira desde un lugar propio... Cada mirada construye su propio retrato”, apunta.
Andrea es muy consciente de la dualidad de su herramienta de trabajo, ya que puede conectar, pero también aislar. “La cámara tiene esa increíble dicotomía que puede ser una herramienta de presencia y al mismo tiempo de evasión. Depende de cómo se use y qué intención tiene”.
Su diagnóstico sobre el uso actual de la fotografía móvil es crítico: “Hoy, creo que la balanza está mucho más inclinada hacia la evasión... se usa muchas veces para documentarlo todo sin habitar casi nada. Prioriza la presencia en el mundo digital a costa del encuentro físico... Es una presencia hacia la pantalla y una ausencia hacia el mundo”.
Por eso, cuando le pedimos una recomendación para desacelerar, Andrea sugiere usar las piernas y cita al sociólogo David Le Breton: “Caminar es una pequeña insurrección contra la modernidad acelerada, y no podría estar más de acuerdo”. Para la fotógrafa, caminar es un acto de resistencia política y corporal. “De todas las cosas que podríamos hacer con el cuerpo, caminar sigue siendo una de las más subestimadas y, al mismo tiempo, una de las más radicales”, argumenta.
“Es bajar el volumen del ruido, suspender por un rato la lógica del rendimiento, darte tiempo, devolverte al mundo y recuperar tu cuerpo en un presente híperproductivo que insiste en tenernos sentados frente a las pantallas”.
ENCONTRAR EL RITMO
La paradoja de nuestro tiempo es evidente: habitamos la era de mayor abundancia informativa y tecnológica de la historia, pero sufrimos una escasez crítica de atención y calma. El exceso es una métrica de consumo y una atmósfera que presiona de manera constante para acelerar procesos que, por definición biológica, requieren tiempo. La idea de vivir más despacio debe ser una forma de recuperar la soberanía sobre la vida cotidiana.
Reclamar tiempo, aunque sea en pequeños márgenes, es disputar un recurso que se ha vuelto escaso. Significa establecer límites a un sistema que nos prefiere acelerados y disponibles. No es un ejercicio de productividad personal ni una estrategia para acumular más logros, sino todo lo contrario: un acto de selección. Elegir qué atender, qué soltar y qué desacelerar.
Es entender que, aunque el entorno nos exija respuestas inmediatas y resultados perfectos, nuestra salud mental depende de nuestra capacidad para habitar la pausa, abrazar la incertidumbre y respetar los tiempos (lentos) de nuestra propia naturaleza.