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Una vida sin fin, la novela que debes leer si quieres vivir por siempre

En Una vida sin fin, el escritor francés Frédéric Beigbeder reflexiona sobre la madurez, la posibilidad del amor en esta etapa, la paternidad y la muerte.
mar 31 marzo 2020 05:09 PM

El protagonista de Una vida sin fin quiere vencer a la muerte. O por lo menos vivir mucho más del promedio de existencia de un francés (78 años). Este parisino, claro alter ego del autor Frédéric Beigebder, se niega a dejar este mundo antes de cumplir 120 años; considera fallecer antes de esta edad una “muerte prematura”. Está obsesionado con la idea de la longevidad porque ama a sus hijas y las quiere seguir viendo crecer... pero también, como poco a poco se revela entre líneas, quiere extender su vida porque es un hedonista recalcitrante que se niega a envejecer.

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Tiene 51 años y goza de una vida cómoda y glamorosa como conductor de un programa televisivo en el que entrevista a celebridades. Es un hombre de facilidad cómica y apariencia superficial que, sin embargo, posee una visión aguda sobre la contemporaneidad: tiene el ingenio para hacer ácidos chistes sobre la cultura pop y también la profundidad para desentrañar, social y psicológicamente, la triste realidad de nuestra época.

Una vida sin fin
Una vida sin fin, editada por Anagrama, esta disponible en formato digital e impreso.

Al inicio de la novela, la mayor de sus hijas le pide que le consiga una selfie con el actor Robert Pattinson, con quien él ha coincidido en festivales de cine. Esto detona en él un análisis preciso de este mundo y sus nuevas generaciones regidas por el poder de la imagen y las aplicaciones que potencian el fenómeno de apuntarse una cámara a sí mismos con la esperanza de hacerse viral (una palabra que ojalá, después de esta pandemia, deje de ser sinónimo de éxito).

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“Estamos ávidos de reconocimiento facial”, narra el alter ego de Beigbeder en Una vida sin fin. “Una mayoría de terrícolas grita al vacío su insaciable necesidad de que los miren o simplemente los vean. Queremos ser vistos. Nuestros rostros están sedientos de clics. Y tener más likes que tú es la prueba de mi felicidad, al igual que en la televisión el presentador que consigue más audiencia se cree más querido que sus colegas. Esta es la lógica del selfista: el aplastamiento de los demás mediante la maximización del amor público. La revolución digital ha traído otra cosa: la mutación del egocentrismo en ideología planetaria. Al carecer ya de capacidad de influencia real en el mundo, solo nos queda el horizonte individual. Antaño la supremacía estaba reservada a la nobleza y, más tarde, a las estrellas de cine. Desde que cualquier ser humano es un medio, todo el mundo desea ejercer esa supremacía sobre el prójimo. En todas partes. […] Hemos dado luz a una generación insegura. Pero lo que más me hiere es que nunca, jamás, mi hija haya reclamado un selfie con su padre”.

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Las novelas de Frédéric Beigbeder —niño terrible de las letras francesas, conductor de televisión, locutor de radio, director de cine, editor de libros y revistas, crítico literario y columnista de Icon, revista masculina de El Pais— son desvergonzadamente autobiográficas (El amor dura tres años, El egoísta romántico y Una novela francesa) o de autoficción con su alter ego como protagonista (13.99 Euros, Socorro, perdón y Windows on the World), y Una vida sin fin repite esta última fórmula.

Sin embargo, su peculiaridad radica en que Beigbeder no sólo brinda veracidad emocional, sino también científica, pues mientras su alter ego se abre el pecho para mostrar su fragilidad, al reflexionar sin tapujos sobre la crisis existencial que genera el envejecimiento y la experiencia de enamorarse a los cincuenta de una jovencita y ser padre otra vez —¿evidencias de su crisis de edad media?—, la historia de esta novela avanza porque obsesionado con la inmortalidad, el protagonista va en búsqueda de respuestas con eminencias sobre este tema.

Frédéric Beigbeder
El escritor Frédéric Beigbeder junto a su esposa Lara Micheli .

Es aquí donde la novela adquiere un valor y profundidad realistas porque el autor buscó y entrevistó en verdad a reconocidas figuras en los campos de la medicina, genética, biología… para bombardearlos con preguntas respecto a la posibilidad de la inmortalidad o, cuando menos, la posibilidad de una longevidad más extensa. Los diálogos son todos verídicos y encajan perfectamente en el marco literario de la historia. Es decir, todas esas entrevistas tienen sustento médico y científico y, página a página, cada nueva charla con una eminencia va moldeando la psicología y las acciones de este protagonista.

Descubre en una de esas charlas, por ejemplo, que estudian en África a un roedor que parece encerrar el secreto genético de la longevidad. Se llama rata topo desnuda y vive treinta años (cuando todas las demás ratas viven en promedio sólo tres) y jamás desarrolla cáncer ni enfermedades cardiovasculares. Asombrado por lo que le dice el médico, él busca en Google el nombre del animal y se sorprende de su fealdad: “Qué animal tan horrible. Pero a este bicho no hay quién se lo tire”, le espeta al doctor, quien responde con una forma coloquial y filosófica no común en los de su clase: “La inmortalidad no es un concurso de belleza”.

Frédéric Beigbeder, escritor
Beigbeder fue despedido de la agencia de publicidad porque escribió una novela exponiendo la suciedad de este medio.

En la novela de este cincuentón —algo que con fortuna todos seremos, vaya timing el de Beigbeder— se va descubriendo, de la mano de las mujeres que más ama y los científicos y doctores a los que entrevista, cuál es el costo de vivir más (algo que ya hacemos como especie si tomamos en cuenta que nuestros antepasados de hace unos siglos tenían como promedio de vida no más de treinta años).

La historia de este tipo "que ha decidido no morir", explora de qué depende la percepción de la duración de la vida. Ésta no radica en el tiempo, sino en la forma e intensidad de experimentar los momentos simples que muchas veces pasan inadvertidos. "Si me alimento exclusivamente a base de verduras y de agua, ganaré diez años de vida, pero me aburriré tanto que parecerán cien. Tal vez ese sea e secreto de la eternidad: un océano de aburrimiento para ralentizar la existencia", bromea el personaje con ese característico humor que incluso emplea para educar a su hija sobre la vida, el amor y la muerte, cuando, por ejemplo, la lleva al museo a ver la primera edición de la novela Fausto.

—¿Quién es Fausto?

—Un tipo que quiere ser inmortal y hace un trato con el diablo.

—¿Y le funciona?

—Al principio, sí. Recobra su juventud a cambio de su alma. Pero luego, todo se complica.

—¿Y acaba mal?

—Por supuesto: se enamora.

Por fortuna, todos estos temas se abordan sin caer en la cursilería y sí con mucha mofa. Una novela sin fin es un libro que cobra mayor relevancia en este tiempo raro en donde la muerte ronda cerca.

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